Mi amigo el que ha roto…

14 mayo 2018

Tengo un amigo que lo acaba de dejar con su pareja. Llevaban juntos tres años. Me cuenta que las cosas no han salido como esperaban. Por lo visto, la relación se había ido apagando hasta hacerse una pura rutina que les aburría a ambos. No se les veía mal, pero claro, la fiesta iba por dentro. Como la ruptura ha sido muy civilizada, los dos pretendían ser amigos y llevarse bien, aunque advertido estaba mi amigo de que eso es muy difícil, y pocas veces sale así.

Al principio, mi amigo se puso dramático y decidió que la responsabilidad de los errores era toda y sólo suya. Que si había sido egoísta, que si no había estado a la altura, que si debió esforzarse más, que si estuvo distraído, que si no se percató de que aquello se iba al traste… Bueno, quizá tuviera razón, aunque desde luego no toda. He tratado de hacerle entender que las relaciones son cosa de dos, y dos deben ser los que la saquen adelante haciendo lo que haya que hacer. Aun así se ha echado la culpa, más de la que tiene, y lo ha pasado mal. Vaya si lo ha pasado.

De todas formas, al final se ha dado cuenta de que quizá no ha sido él quien ha hecho las cosas mal. En realidad, lo ha conseguido ayudado por una foto. Hace unos días me contó que se había tropezado con su ex de paseo con otro, alguien a quien no debía conocer tanto como para eso. Alguien que apareció hace meses como sin querer y que no parecía ser más que un hobbie social sin malicia ni intención. O eso le dijeron a mi amigo, que se lo creyó a pie juntitas. Urgando un poco, mi amigo se ha topado con una publicación en una red social de su ex con su nuevo colega en una fiesta en una fecha muy anterior a la del fin de su relación. Un sitio y una compañía que no le habían dicho en su momento que serían esos. Cuando ha pedido explicaciones, se las han dado, todas con la misma consistencia y el mismo argumento: su ex le mintió para no hacerle daño y que no pensara lo que no era. A él, que tantos reproches le habían hecho siempre por nada, se la habían dado con queso.

Mi amigo se ha caído de golpe del guindo y ya le ha dicho a su ex que de ser amigos nada de nada. Que cuando no se hace nada malo, o no se pretende hacerlo, las cosas no se ocultan. Que la amistad se funda en la confianza, y que sin ella no hay ni amigos ni siquiera conocidos. Que entre la amistad y una mentira, escogió a otro tío, y una fiesta. Y que con eso, adiós muy buenas. Mi amigo ha sido rotundo y firme, y no ha cedido ni a lloros ni a lamentos. Se han roto todos los puentes, y mi amigo no quiere volver a saber nada de su ex. Las malas elecciones tienen su precio, dice triste pero convencido.

Mi amigo hace muy bien. Su pareja no ha sido honesta ni leal. Yo hubiera hecho exactamente lo mismo.


Todos los años…

3 mayo 2018

Tengo que llamar al seguro del coche para que me digan cuánto piensan subirme la póliza, discutir porque no estoy conforme, amenazar con marcharme y al final conseguir una rebaja…

Tengo que llamar a la empresa que me gestiona el dominio del blog para que me comprueben los datos para el pago de la renovación, me reseteen la clave de acceso al panel de funciones y me recuerden la configuración de la DNS…

Anoto que tengo que domiciliar el pago del recibo del Impuesto de Circulación, pierdo el papel donde lo he anotado y no lo domicilio porque se me olvida…

Tengo que consultar con el veterinario cada cuánto tiempo debe tomar la gata la pastilla para desparasitarse, y siempre me paso en un mes o dos…

Tengo que buscar la ITV más barata para pasar la revisión del coche, sin acordarme lo que he pagado el año anterior ni dónde la pasé…

Me paso dos semanas sin apenas pegar ojo, soñando que no paso la ITV y que tengo que volver con el coche en una grúa hasta un desguace porque no merece la pena reparar los defectos que tiene…


Esa gente…

21 abril 2018

La que frota la tarjeta sin contacto en el trono del metro para entrar, como si con esa magia las puertas se fueran a abrir primero;

La que no saca la tarjeta sin contacto del bolso, y lo frota contra el torno esperando también que esa magia abra las puertas;

La que tarda media hora en encontrar la tarjeta sin contacto en el bolso cuando no se abre el torno, y te hace perder el tren por el que te has matado corriendo escaleras abajo;

La que va en grupo y se para en mitad de la acera a mirar escaparates como si fueran ellos los únicos seres vivos por la calle en ese momento;

La que se tira 10 minutos mirando un escaparate como si en vez de dos muñecos vestidos fuera un cuadro de Rembrandt;

La que mira escaparates en vez de entrar en la tienda a ver la ropa directamente…


La planta

9 abril 2018

Una vez tuve una planta. No me acuerdo de qué tipo, ni si era de las que dan flores o no. El caso es que me la compré por envidia. A mi hermano David le gustan mucho, y siempre ha tenido la casa llena. Pensé que si él podía, yo también. Y tampoco me parecía tan difícil de mantener. Agua, abono de vez en cuando y luz.

Cuando llegué con ella a casa le coloqué un plato debajo del tiesto. Es lo que había visto que hacía mi madre cuando yo era niño. La puse en la cocina, que no era muy luminosa pero me parecía que seria donde mejor podría atenderla como era debido. Cerca de la ventana, cerca del grifo, lejos de donde pudiera caerse. Compré tierra para cuando creciera y hubiera que transplantarla a un tiesto más grande. Y con todo listo, me dispuse a cuidar de mi planta y a demostrar que era capaz.

A las dos semanas tuve que tirar la planta. Estaba muerta. Me ocupé de ella con exceso de celo, y lo que debía haber sido una placentera vida de varios años se convirtió en un efímera compañía de 14 días. Tanto quise hacerlo bien que termine ahogándola de tanto ponerle agua. Fracasé en algo tan sencillo como en tener una planta. Y no he vuelto a intentarlo. No quiero volver a sentirme tan incapaz de algo tan evidentemente sencillo. Aunque no he cejado en el objetivo de cuidar de algo, esta vez de alguien. Ahora tengo un gato, desde hace seis años, y aquí sigue…


Un trabajo extraviado…

1 abril 2018

(Advertencia: está historia es ficticia, como sus personajes)

Marzo de 2018. Viernes Santo.

Una grácil silueta se escabulló por el largo pasillo. Apenas podía verse. Las ténues luces de emergencia lanzaban amarillos destellos mortecinos. Con la agilidad de un gato, la figura, toda vestida de negro, llegó hasta el fondo y se paró frente a una puerta de madera de doble hoja. Agarró el pomo tratando de no hacer ruido, y lo giró para abrirla, pero la puerta no cedió. Estaba segura de que no había nadie en el edificio. Las fiestas le aseguraban soledad, y tiempo por si el plan se torcía y debía improvisar.

Se agachó y de su mochila sacó un pequeño estuche con varias ganzúas que movió con soltura y velocidad alrededor de la cerradura hasta que esta cedió y la puerta quedó abierta. Entró en la estancia y cerró. Se colocó en el centro tratando de situarse, iluminando cada lado con una pequeña linterna. Era un cuarto grande con altas estantería del suelo al techo. Centenares de libros las llenaban, ordenados por orden alfabético del apellido de sus autores. Quien se ocupaba de mantener aquel lugar en orden tenía siempre mucho trabajo. Cada año llegaban decenas de nuevos ejemplares que obligan a mover los almacenados.

La figura se deslizó hasta el pasillo de la izquierda, y lo anduvo hasta que encontró el espacio dedicado a los autores con apellido comenzado por “c”. Satisfecha, se quitó la mochila, y extrajo con cuidado un pequeño libro encuadernado en piel azul con letras doradas. Con las manos protegidas con unos guantes, hizo un hueco entre dos ejemplares también azules, e introdujo el suyo. Enfocó con la linterna, complacida, dio un golpe de despedida al lomo del libro, y se encaminó a la salida. Cerró la puerta, recorrió el pasillo hasta la ventana por la que había entrado, saltó al jardín y huyó del edificio corriendo mientras se quitaba el pasamontañas que le cubría la cara, dejando que ondeara al aire una alargada cabellera rubia…

Lunes de Pascua. Semana Santa de 2018.

Teletipo agencias. El rector de la Universidad de Los Reyes Magos, en una nota de prensa, ha comunicado que a primero hora de la mañana, en una nueva revisión de los archivos de la Facultad de Derecho, ha aparecido un ejemplar del TFM de Cristina Cienfuegos, después de una semana de especulaciones sobre su paradero dentro de la polémica sobre la posibilidad de que la presidenta del Consorcio de Artistas Nacionales no hubiera obtenido legalmente su título. El rector ha señalado que el trabajo, encuadrando en azul y con el título en letras doradas, ha sido encontrado en el lugar que le corresponde de acuerdo con el apellido de su autora. Ahora, ha indicado, la universidad está a la espera de que la presidenta del Consorcio autorice su exhibición…

Mientras tanto, en un despacho de la Real Casa de la Moneda… “Señora presidenta, qué dicen de Conserjería que qué hacen con el buzo negro que ha aparecido esta mañana en una de las taquilla del garaje”…


Visitas institucionales…

13 marzo 2018

En varios sábados he estado de visita en el Senado y en el Congreso. Adelanto ya que si falta algo, yo no lo he cogido. Tampoco se ven a la vista cosas de valor que no sean cuadros y alfombras. Lo mismo no dejan nada a mano para que no se lo lleven “ellos” (no sabía cómo decir diputados y senadores sin ofender o cometer delito…). El caso es que merece la pena. Se ve lo que conocemos de la televisión, aunque es cierto que tampoco se siente nada de eso que hace que alguno haga lo que haga falta en su partido para conseguir poltrona en un sitio o en el otro.

El Senado, en general, mola más. El edificio antiguo tiene una historia muy interesante, y el nuevo hemiciclo se ve moderno y funcional. El Congreso es más pequeño de lo que parece, aunque igual de rancio de lo que todos pensamos. Me fijé en que las alfombras están desgastadas en los bordes, y en que los cables al aire le quitan glamour institucional. Los reposabrazos de los escaños tienen el cuero pelado, y en la salas de reunión informal, llamativamente no hay sillas. En el antiguo salón de plenos del Senado tienen cinta amarilla y negra pegada a la moqueta para señalizar los escalones, y los teléfonos son modelos de 1986. O sea, que la chapuza española como realidad con identidad propia hunde sus raíces incluso en las sedes de la representación popular.

El guía del Senado reparte muy bien sus explicaciones. Funcionamiento para el hemiciclo en uso, historia del edificio y de la institución para el que están en desuso, y contexto histórico general para el “Salón de los pasos perdidos” y la biblioteca. Todo en una hora. La del Congreso lo hace más fácil. Se limita a media hora de vaguedades y reseñas escuetas muy contemporáneas, con especial atención a los agujeros de los disparos de Tejero y compañía en el hemiciclo. Al acabar la visita del Senado te regalan un librito con su historia, sus funciones y algunas otras reseñas. Cuando acabas la del Congreso te dan las gracias, y a casa. Ni un miserable díptico, ni un ejemplar en barato de la Constitución. Que no digo yo que repartan los smartphones o alguna de las tablets que entregan a sus señorías, pero hombre un algo si.

Gana la visita al Senado por goleada. Mucho más completa en todos los sentidos, y con obsequio incluido. En el Congreso son tacaños hasta con las explicaciones. Aunque las dos empatan en que salvo funcionarios y policías, en ninguno de los dos sirios estaba ni el tato. Me refiero a sus señorías, las que duermen en los escaños (a veces), juegan con sus tabletas (también a veces) y legislan o controlan al gobierno (las menos veces). Que ya se yo que las visitas son en viernes y en sábado, pero no se, un poco por dejarse ver y hacer amigos tampoco les va de sobra (madre mía, el correcto había escrito ‘sobre’. Menos mal que lo he visto a tiempo…)


Ir al cine…

5 marzo 2018

El domingo he estado en el cine. La película, “Sin rodeos”, de Santiago Seguro, es muy divertida, y Maribel Berdú está fantástica. Ahora, que el contexto es un horror, empezando por el precio: 10 euros uno encima del otro por dos entradas.

A la derecha, en la fila de abajo, tres señoras mayores que comentaban las escenas, y no acababan de apagar los móviles. Hasta el extremo de que a una de ellas le sonó en mitad de la película ¡y contestó! para decirle a quien llamaba que estaba en el cine y no podía cogerle (tal cual). Detrás, también a la derecha, una pareja con una bolsa de papel llena de más bolsas de papel con comida, que cada quince minutos agitaban durante cinco para sacar algo que meterse a la boca. A la izquierda, en la misma fila, una señora a la que también le sonó el móvil, que la mujer tenía en el fondo de un bolso de esos en los que entra media casa, y que tardó la vida en encontrar, sacar y parar. Detrás, a la par, una familia con dos padres y una chiquilla que tenían una de esas absurdas conversaciones padres-hijos incomprensibles que mezclan futbol, los Oscar, el mal tiempo y el sabor de las palomitas, todo a la vez, sin coherencia ninguna. Y el colofón, la mujer mayor que al acabar la película se cayó por las escaleras, y allí dejamos dando gritos esperando a que llegara una ambulancia y algún médico.

Hacía un montón que no iba al cine. Ha cambiado el sonido, los asientos, los precios de las entradas (por las nubes), los de los combos de palomitas y los refrescos (más arriba de las nubes), el orden de entrada, las salidas, pero no la falta de educación y saber estar de la gente que se cree que la sala es una mezcla entre el salón de casa, el comedor, y una telecine con puesta en común de lo que sale en la pantalla. Qué estrés…

 


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