Si y no. Así es la vida…

He vuelto al trabajo. Y nada ha cambiado. O si, pero no se nota. La inercia de lo aburridamente cotidiano, y esa tendencia al drama que no está en el contrato laboral, siguen estando intactas. También las ganas generales de hacer lo justo, que en realidad es lo que tiene que ser. El sueldo cubre lo obligatorio. Para lo accesorio, que es el exceso voluntario, nunca se encuentran ni tiempo ni modo de compensar. Así que allá vamos cada día entre fines de semana, a cumplir y a darse por cumplido.

Hace unos días me avisó mi padre de que quizá se había muerto un conocido. Decía que no le reconocía en la foto de la esquela. Algunas fotos de las esquelas son como una cámara del tiempo. Tampoco el blanco y negro del papel de prensa ayuda. Yo tampoco le reconocí. Podía ser él, o alguien que se le pareciera. El caso es que convinimos esperar a que mi madre nos pudiera confirmar si la foto era suya o de otro, y por tanto si se había muerto o no. Cuando mi madre lo diga, el conocido se habrá muerto.

He descubierto en El Rastro dos puesto que venden libros muy baratos, a precio de un desayuno con porras. Leer es barato si se quiere. Y si no se quiere, también. Evadirse con una novela es un placer necesario, y para alguna gente debiera ser además obligatorio. La tolerancia cabalga a lomos de la incultura, que arraiga mucho y fuerte en la gente que no lee, que seguro que es la que más porras toma con el café. Comprar un libro es una aventura que no tiene grasa y no engorda más que al intelecto. No leer atocina, incluso sin comer porra.

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