Amuletos (mis coj*n*s)

29 marzo 2019

Llevo en la cartera desde hace ni sé cuánto un billete de un dólar americano. Alguien me dijo una vez que daba buena suerte. No recuerdo si me explicó por qué o simplemente acepté la tontería como posible y decidí llevarlo siempre encima. Hace poco, limpiando cajas, encontré las monedas de sobra de un viaje a Nueva York y para reforzar la energía del billete metí en la cartera una moneda también de dólar y otra de un cuarto. Más tontería, porque ahora se me lían las monedas, y cuando voy a pagar con ellas tengo que volcarlas en la mano para escoger con cuidado y no confundirme. Entre eso y los dos paracetamoles y una llave usb que acompañan al dinero, el monedero no me da más de sí. A lo que voy. Que no se si los dólares me han dado suerte o no, porque no percibo yo que la vida me vaya mejor desde que los tomé como amuletos. Estorbar si que estorban, pero ser la panacea de todos los males no creo que sean. Desde luego ya estaba las monedas en la cartera cuando me tuvieron que operar de urgencia y hospitalizarme diez días, hace no mucho. O sea, que lo mismo es que la cosa no funciona, o que algo estoy haciendo mal con la magia. Por precaución, nunca más aceptaré el consejo de llevar dinero de adorno “por si acaso”.


Mirando al mar…

26 marzo 2019

Estaba yo tomando café con José Manuel mientras en la mesa de al lado una niña llamada Miranda compartía el desayuno con su madre y otra señora muy mandona que podría ser su tía. Miranda hablaba de sus cosas del colegio, y de que si una compañera hacía esto, que si otra no hacía lo otro, y que si ella era la más aplicada (o algo parecido, porque a esta parte tampoco le preste mucha atención, que yo estaba más atento a una encuesta de intención de voto que publicaba el domingo El País). El caso es que cuando la niña se calló, algo debió de hacer fuera del guión de buena chica, porque su tía le dijo, así con voz de sargento prusiano, que “Miranda, eso no es de señoritas”. Pobre chiquilla. Con nombre de pija del siglo XIX y encaminada a ser una señorita. Estando en Santander, eso es pegar un braguetazo, pero en cutre, con un apoderado de sucursal bancaria que aporte un sueldo por encima de la media y una ocupación sonora, para luego poder pasear a los niños en cochecitos que parecen coches fúnebres de los de caballos, vestirlos de mayores con medias de pompones y chaquetas con lazos, y volverlos a llamar Miranda.

El mismo día, en la misma terraza, dos señoras mayores, de esas que se tiñen el pelo de banco nacarado y visten con colores chillones pero sin perder la prestancia de residir en los aledaños del Paseo de Pereda, salieron del local a ocupar una mesa. El amable camarero se la liberó de servicios de anteriores ocupantes, y les preguntó si pensaban tomar algo. Categóricas dijeron que no, que ya habían consumido dentro, pero que “ahora” querían tomar un poco el sol, fumar un cigarro y leer el periódico, que también era el del establecimiento. Con las mismas, ellas aposentaron sus reales en las sillas y el camarero se marchó con un palmo de narices y sin comanda. Duraron poco porque el sol no calentaba a su gusto, y eso, por muy señorona de Santander que se sea, de las de poco gastar y mucho lucir, no puede arreglarse con un gruñido…


Si y no. Así es la vida…

17 marzo 2019

He vuelto al trabajo. Y nada ha cambiado. O si, pero no se nota. La inercia de lo aburridamente cotidiano, y esa tendencia al drama que no está en el contrato laboral, siguen estando intactas. También las ganas generales de hacer lo justo, que en realidad es lo que tiene que ser. El sueldo cubre lo obligatorio. Para lo accesorio, que es el exceso voluntario, nunca se encuentran ni tiempo ni modo de compensar. Así que allá vamos cada día entre fines de semana, a cumplir y a darse por cumplido.

Hace unos días me avisó mi padre de que quizá se había muerto un conocido. Decía que no le reconocía en la foto de la esquela. Algunas fotos de las esquelas son como una cámara del tiempo. Tampoco el blanco y negro del papel de prensa ayuda. Yo tampoco le reconocí. Podía ser él, o alguien que se le pareciera. El caso es que convinimos esperar a que mi madre nos pudiera confirmar si la foto era suya o de otro, y por tanto si se había muerto o no. Cuando mi madre lo diga, el conocido se habrá muerto.

He descubierto en El Rastro dos puesto que venden libros muy baratos, a precio de un desayuno con porras. Leer es barato si se quiere. Y si no se quiere, también. Evadirse con una novela es un placer necesario, y para alguna gente debiera ser además obligatorio. La tolerancia cabalga a lomos de la incultura, que arraiga mucho y fuerte en la gente que no lee, que seguro que es la que más porras toma con el café. Comprar un libro es una aventura que no tiene grasa y no engorda más que al intelecto. No leer atocina, incluso sin comer porra.


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