El calefactor y un sueño

5 diciembre 2018

El lunes compré un calefactor, y el martes ya lo había devuelto. Hice muchas pruebas, no calentaba a mi gusto, y debí acostarme poco convencido, porque un sueño me ayudó definitivamente a la decisión.

Soñé que tenía que volver a usar gafas. Acudía a una óptica  cualquiera, y un óptico muy agradable me encasquetaba una montura dorada, de grandes cristales redondos, con patillas finas y ese soporte para la nariz de dos lentejuelas. Exactamente un modelo que yo jamás de los jamases escogería.

Al día siguiente de la compra, volvía en el sueño a la tienda a que me ajustaran las gafas porque se me caían. Esta vez me atendía el hijo del óptico, un chico muy amanerado, maquilladísimo y con una bufanda que parecía una manta. Apretaba unos tornillos, y de paso me peinaba con un tupé muy alto, sujeto con mucha laca. Al mirarme en un espejo al acabar, yo también estaba maquillado como una señora mayor un domingo camino del baile. No sé qué más podría salir mal en el sueño, porque me desperté.

Al momento supe que tenía que deshacerme del calefactor, así que lo empaqueté, lo metí con cuidado en una bolsa y me fui a devolverlo. Debo cuidarme también la vista para no tener que hacerme unas gafas…


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