Un encargo

Avisaron a la brigada por la tarde, en el último momento. El gerente llamó al capataz, y el capataz habló con los hombres de su grupo. Todos dijeron que lo harían, y ninguno preguntó lo que les iban a pagar por ello. El dinero era importante, claro que sí, pero el trabajo que iban a hacer lo era mucho más, o eso pensaban ellos. Doblarían turno, tendrían un extra y les darían un par de días de libranza para compensar el esfuerzo, pero todo eso era lo de menos. Les habían pedido algo de lo que se hablaría durante mucho tiempo, y formar parte de eso sí que era fascinante.

A las 9 de la noche estaban todos en las oficinas. Excepcionalmente les recibió un director ejecutivo de su empresa, acompañado por el gerente, el capataz e inusualmente un policía que dijo ser comisario. Fuera, en el aparcamiento, junto a las furgonetas de trabajo, había también dos coches policiales con agentes de uniforme. Antes de entrar al vestuario a ponerse la ropa de faena, el director les agradeció su compromiso y les explicó la trascendencia de lo que iba a pasar esa noche. Se entretuvo en un aburrido discurso demasiado político y muy poco práctico sobre lo que se esperaba de ellos, que en realidad no les servía para nada. Las instrucciones que valían se las dio su capataz, que no se anduvo por las ramas y les recordó que lo había que hacer había que hacerlo bien, con cuidado y sin distracciones, como lo que estaban acostumbrados a hacer y los profesionales que eran. El comisario de la policía les habló como un sargento del ejército, impartiendo órdenes, lanzando veladas amenazas y advirtiéndoles de las consecuencias para todos si algo salía mal. Antes de acabar la reunión, el gerente les repartió para que firmaran una hoja que ponía “acuerdo de confidencialidad” en el encabezamiento, y que decía que no podían contar nada a nadie de lo que vieran e hicieran durante el trabajo de esa noche, ni al acabarlo ni nunca.

Después de cambiarse, recoger las herramientas y cargar las furgonetas, los 8 obreros más su capataz iniciaron la marcha seguidos por los coches de la policía. Se pusieron en camino pasadas las 10 y media. Desde donde estaban no deberían tardar más de una hora en llegar a su destino. Una vez allí, y si todo iba bien, habían calculado no más de 3 horas en tenerlo todo hecho. Con suerte, antes de las 7 estarían de vuelta en sus casas, con un extra en sus nóminas, varias jornadas de descanso, y una historia que no podrían compartir ni siquiera con sus familias.

Durante el camino apenas hablaron. Unos fumaban, otros dormitaban, alguno repasaba las cajas con los instrumentos. Solamente el capataz parecía pensativo. Desde que se supo que se haría lo que les habían encargado estaba seguro de que les tocaría a ellos hacerlo. Era un trabajo más, sencillo, de los que habían hecho decenas de veces antes. Pero de este había más gente pendiente. Unos de que saliera bien y se hiciera rápido. Otros simplemente de que se hiciera. Había incluso quienes no querían que se llevara a cabo. Estos eran ahora los que le preocupaban, aunque no estaba seguro de en qué podía eso serles perjudicial a ellos, que eran unos mandados. Esperaba que sus chicos apretaran, acabaran pronto y salieran de donde iban cuanto antes. Hecho su trabajo, el problema, si había alguno, sería de otros.

Llegaron a la puerta de entrada al recinto antes de las 12. En la verga principal se unieron a ellos otros dos coches de la policía, y dos furgonetas grandes de color oscuro. Subieron el camino hasta la cima despacio, serpenteando a oscuras por medio de un bosque silencioso que de día no parecía mucho más apacible. Tardaron diez minutos en llegar a la cumbre, que ocuparon en tratar de ver algo a través de las ventanillas. Más allá de las luces de la lejana autopista, y más lejos aún las de la ciudad, no había nada visible. Hasta que llegaron a la explanada de la cumbre. Las luces de al menos media docena de coches iluminaban el aparcamiento, dándole un aspecto fantasmagórico, nada amable, un poco tétrico.

Dejaron las furgonetas en las plazas más cercanas a las escaleras de acceso al edificio para que fuera más fácil descargarlas y volver a cargarlas al terminar. Sacaron el material, entraron con él al edifico y enfilaron un largo pasillo iluminado por una amarillenta luz artificial. Todos seguían sin decir nada. Acompañados de gente con cara de circunstancias, se les había pegado la gravedad del momento. Sonaban los pasos de sus botas sobre el mármol del suelo, y los de los zapatos de la procesión de la docena y media de personas trajeadas que iban detrás de ellos y delante. La sobriedad del espacio, la tensión del momento y la solemnidad de la compañía tensaban el ambiente y reprimían cualquier manifestación de ánimo en cualquier sentido.

Cuatrocientos metros más allá de la puerta llegaron a su destino. Tres grandes focos de obra iluminaban el espacio, que había sido delimitado con una vallas. En un extremo había montado lo que parecía un laboratorio, con una gran camilla metálica en el centro y una mesa también médica con instrumental médico. En el otro, una especie de estudio de televisión, que debía controlar varias cámaras colocadas en trípodes justo delante del lugar donde el equipo debía trabajar. Intercambiaban entre ellos miradas de perplejidad y desconcierto mientras avanzaban hasta su lugar de trabajo. Ninguno esperaba tanta expectación, ni se les había ocurrido que para algo como lo que iban a hacer hicieran falta tantos testigos. En aquel sitio se amontonaban más de 30 personas, que pese a lo espacioso de la estancia proyectaban una imagen de exceso, sobrecargando el ambiente.

El capataz repartió las tareas. Procurarían trabajar muy coordinados para no perder el tiempo, haciendo las cosas con cuidado y bien hechas. Estarían supervisados por un grupo de funcionarios de diversos niveles que les dirían cuándo parar, pero no lo que hacer. Eso solamente era cosa suya. Les rogó prudencia en el hacer y en el decir, y les recordó que vieran lo que vieran, en adelante aquello solamente podrían hablarlo entre ellos, y seguramente en voz baja. Acabó su arenga y se acercó a uno de los hombres de traje, que era quien parecía mandar en el grupo. Pidió permiso para empezar, y cuando se lo dieron con una seca afirmación hecha con la cabeza, levantó el pulgar en dirección a su brigada y entonces empezó todo.

Uno de ellos rompió el trozo de piedra que hacía de cierre y de tope. En el hueco, el más fuerte introdujo una palanca en forma de ele conectada al elevador, y accionó el mando para que subiera. Cuando la losa estaba unos centímetros en el aire, tres de ellos metieron por debajo unos grandes tubos de aluminio. Cambiaron la grúa de sitio, volvieron a meter la palanca y empujaron la piedra hacia delante. Rodando sobre los tubos, la fueron deslizando, poniendo otros nuevos a medida que avanzaban, hasta que la losa quedó sobre el suelo y la cavidad completamente al descubierto. Comenzaron a acercarse los hombres de los trajes, rodeando la fosa y ocupando todo el espacio que la maquinaria dejaba libre, uniéndose a la cuadrilla, que ya la había rodeado. Miraban al fondo con los ojos muy abiertos, escrutando cada sombra y cada esquina.

La oquedad estaba oscura, y de ella salía un intenso olor a cerrado, esa mezcla de moho y sequedad de las viejas casas abandonadas. Movieron dos focos para darle luz, y el capataz pidió espacio para seguir trabajando. Los funcionarios se separaron, todos menos los que con una cámara de fotos y varias de vídeo habían estado tomando imágenes de lo que allí se hacía, y que ahora filmaban lo que se veía al fondo de la fosa. Perfectamente colocado en el centro, a no más de metro y medio de profundidad, había un gran féretro de color marrón que había perdido el brillo por el paso del tiempo. Durante un rato todos miraron abajo en un compacto silencio, hasta que el capataz chasqueó los dedos y puso de nuevo a trabajar a sus hombres. Los que miraban se apartaron. Dos obreros bajaron de un salto a ambos lados de la caja, e introdujeron un gruesa cuerda por debajo, en la parte de delante y en la de detrás. Izaron los extremos hasta sus compañeros de arriba y subieron. Se distribuyeron por parejas en cada cabo de las cuerdas y a una señal del capataz comenzaron a tirar. La caja fue subiendo poco a poco. Cuando superó toda la altura de la fosa, a pulso, los obreros se movieron hacia la parte contraria a donde había dejado la losa, soltaron la cuerda con cuidado y el féretro se posó en el suelo.

Volvieron todos a juntarse, ahora alrededor del ataúd. El fotógrafo y los camarógrafos pasaron por delante disparando fotos y grabando la escena. Tres operarios con monos blancos, mascarillas y guantes se adelantaron al grupo, que les hizo un hueco. El funcionario que estaba al mando se puso delante, junto con una señora que tomaba notas en un cuaderno. El capataz, armado con una palanca de acero, se preparó para reventar los cierres de la caja y levantar la tapa. Sus operarios se habían reunido separados del resto en el hueco donde habían dejando la lápida de la tumba. Posó la palanca en el costado del ataúd, hizo presión y saltó el cierre. Entonces se desplazó a la parte delantera, mientras otro miembros de su cuadrilla lo hacía a la trasera con una palanca idéntica a la suya. Metieron las puntas entre el costado y la tapa, apretaron y esta se levantó de golpe. La caja estaba abierta, y perfectamente perfilado por la luz de los focos pudieron ver todos su interior, que estaba prácticamente igual que cuando hacía 43 años se había cerrado con el general allí acostado. Con una salvedad. Que ahora no había nada dentro. La caja estaba vacía, y parecía haberlo estado así siempre.

Cuatro días después, el equipo volvió a su trabajo de rutina en el viejo cementerio de la capital. La noche de la exhumación acabaron mucho más tarde de lo que habían previsto. De hecho, no salieron de la cripta hasta casi la noche siguiente. Hubieron de pasar 24 horas encerrados en aquel sitio mientras los funcionarios iban y venían, entraba nueva gente, se marchaba alguna de la que estaba, se revisaba la tumba y se volvía a revisar. Repasaron los planos de la cripta, miraron fotos antiguas, y leyeron y releyeron documentos de la época del enterramiento. No encontraron nada donde pusiera que no enterraron lo que debían ni que antes de aquel día se hubiera desenterrado. Trajeron comida, y habilitaron un espacio donde los encerrados podían descansar del encierro, donde la gente se distraía hablando de todo menos de lo que había pasado.

Visitaron el lugar más autoridades, que miraban, consultaban, preguntaban y se reunían para hablar en susurros. A ellos solamente les interrogaron una vez, para que opinaran qué les parecía que pudiera haber otra tumba debajo de la que habían abierto, o en alguno de sus costados, donde pudiera estar el cuerpo que buscaban. El capataz fue quien respondió que no lo parecía, y que desde luego lo que habían abierto llevaba cerrado desde el entierro que todos recordaban, y de lo que todos recordaban, que en realidad no era más que la caja cerrada que ellos habían sacado vacía.

Fueron saliendo de la cripta poco a poco, primero los funcionarios que quedaban y que ya estaban y los que habían ido llegando después de la sorpresa. Después ellos, que se fueron al mismo tiempo que los fotógrafos y sus equipos. Sacaron la maquinaria, la montaron en las furgonetas, se subieron en ellas y se marcharon sin que esta vez nadie les escoltara.

Dos días después de la exhumación, los periódicos de todo el país y de medio mundo recogían la noticia de que el general había sido desenterrado, y sus resto entregados a su familia, que había dejado de oponer resistencia a hacerse cargo de ellos. Enterraron de nuevo al general, esta vez en una fosa del cementerio donde el dictador había vivido gran parte de su vida como Jefe del Estado. No llamaron a la brigada para hacerlo. Se bastó el personal del propio camposanto. Según la prensa, estuvieron presentes su nieto mayor, un funcionario del Ministerio de Justicia y otro del ayuntamiento. En la lápida que cierra la fosa, sus nietos han pedido que solamente ponga la fecha de su muerte en 1975. Mientras, en la Basílica donde se le enterró ese mismo año, alguien deja flores cada día en una esquina alejada del altar, encima de una vieja pila para bautizar que hace tiempo que ya no se usa…

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