Hacerse viejo, y verlo en los tobillos

Estando ayer en la peluquería, mientras me cortaban el pelo, me vi las piernas reflejadas en el espejo, esa zona donde doblan hacia el empeine, y me di cuenta de que me estoy haciendo viejo. Es verdad que me quedan aún años para ser parte de la tercera edad, pero he comenzado a recorrer el camino de la decrepitud, ese que lleva inexorablemente a la vejez, y de esta a la oscura ancianidad. La carne flácida y arrugada en mechones sin forma alguna definida, es la señal inequívoca.

Los años pasan y se acumulan en los lados de la tripa, pero también en los tobillos en la misma forma que provoca la retención de líquidos. Para precisar el paso del tiempo nos fijamos en el color del pelo, en la falta de tensión fácil, o en el grado de torsión de las manos, y se nos olvidan los tobillos. Y es ahí donde está la Justa medida de la caída libre que nos convierte en vejestorios. En los tobillos.

Me auguro un pasar de los años terrible. Creo que no voy a envejecer bien, no al menos con la cabeza. A medida que me vaya mostrando más incapaz, me imagino más frustrados, más enfadado y más triste. No necesariamente a partes iguales. Cada flacidez de la piel va a ser un disgusto, cada disgusto otro mechón de canas, cada mechón de canas una rabieta, cada rabieta una subida de tensión, cada subida de tensión una úlcera, y cada úlcera dos meses menos para acabar en un cajón barnizado de color oscuro forrado por dentro con guata y falso satén…

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