Recuerda Nestor… (Carta de despedida)

Recuerda Néstor que cuando muera, no quiero que me entierren. No quiero acabar pudriéndome en un cajón almohadillado de blanco. Prefiero que me incineren, y que me esparzan por el campo. Cerca de un río, si puede ser. Así se hizo con mis abuelos, siguiendo lo que pidieron. Si ellos quisieron eso para ellos, también vale para mi.

Dice el cura de la parroquia que si te esparcen en cenizas no resucitas. Que para resucitar hay que estar entero en una caja, o incinerado pero metido en un nicho en una urna. Como si eso importara cuando te mueres. No. A mí no me importa. He sido feliz en esta vida, y con eso me basta. Si me dieran otra, sabiendo de esta, haría lo mismo que he hecho, poco cambiaría. Decidle al cura que fue mi decisión renunciar a otra vida.

No me gustan los funerales porque son muy tristes. Así que si celebráis uno por mi, por favor que tenga música alegre, y haya flores de colores, y que enciendan las luces de la iglesia. No se por qué los curas se empeñan en dejarlas siempre a oscuras, de iluminarlas sólo con velas. Da miedo entrar en ellas. Las imágenes de un hombre muerto o de su madre doliente no acompañan. La oscuridad lo hace todo aún terrible.

Y que la gente vaya porque quiere ir, no por compromiso. Me dan mucha pena los muertos a los que les dan homenaje gentes obligadas. Si no es obligatorio en la vida querer o estimarse, tampoco puede serlo en la muerte. No dejes que a mí funeral vayan nadie a la fuerza. Sólo quiero gente que me despida porque siente mi marcha.

No dejo muchas cosas. Ni en casa ni en el banco. Nunca fui de ahorrar. He disfrutado cada céntimo que he ganado. Así que no esperéis una herencia copiosa. Para cubrir los gastos de mi marcha llega, así que emplead en eso el dinero. El resto son fruslerías, que tiene más de recurso que de valor. Repartirlas entre vosotros con equidad, y por supuesto sin discusión alguna. No lo he dejado hecho yo porque me importáis todos por igual. En vuestras manos, y en vuestro sentido de lo justo, queda.

Cuando alguien muere, es el momento en el que todo el mundo comienza a hablar bien de él. Seguro que los de mi alrededor aprovechan para hacerlo. Pero esto es pasajero, y no siempre la verdad del pensamiento. Estamos hechos para quedar bien en la desgracia con los desgraciados, pero también para la maledicencia. No caigáis en el error de apostar ni por uno ni por lo otro. Me conocéis. No cambios de opinión por lo que os cuenten. A mí me importa bien poco. A vosotros debiera importaros lo mismo.

En los aniversarios de mi muerte no hagáis misas. Celebradlo con alegría aunque se que os ha de costar. No es la costumbre de nuestro tiempo jalear con risas la muerte de la gente a la que se ha querido. Todo alrededor de un fallecido parece que tenga que ser llanto y desamparo. Yo no deseo eso para vosotros, no quiero tristezas en mi recuerdo. No se si es vida he sido una persona alegre que transmitía alegría a los demás. Pero lo que sí que sé es que ahora que me muero no quiero dejar lágrimas como recuerdo.

Habladle bien de mi a vuestros hijos cuando pregunten por mi. Y que estos los hagan con sus hijos. Seguro que alguna cosa buena he hecho para que os sirva de relato. Si no la encontráis, entonces simplemente decidles que por aquí anduve. Los cristianos son los que sostienen que están en esta vida en tránsito hacia la eterna junto a su Dios. Solamente eso es una existencia muy triste. Yo quiero mejor pensar que si estamos, hemos de hacer, y que por ese hacer se nos recordará. He quiero siempre hacer cosas buenas. Por hacerlas y porque eso se recuerde de mi. Explicad eso, que a buen seguro bastará.

Voy terminado, porque noto que esto termina. Me voy habiendo hecho muchas cosas. Creo haber vivido con intensidad y con emoción, sin hacer daño, o al menos sin haberlo hecho voluntariamente. Seguro que podía haber hecho más cosas. Siempre puede hacerse más si uno no se pone límites y fronteras. Aunque a veces estas vienen impuestas. Vivir entre más gente y con más gente conlleva eso, limitaciones. De todo modos, no tengo queja. La mayoría de las veces he llegado a donde he querido. Y si no he podido, al menos lo he intentado, aunque ese sea un frágil consuelo.

Adiós, Néstor. Que te sonría la vida, y llegues lejos. Que vivas. Gracias por haberme acompañado hasta aquí, y suerte…

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