La planta

Una vez tuve una planta. No me acuerdo de qué tipo, ni si era de las que dan flores o no. El caso es que me la compré por envidia. A mi hermano David le gustan mucho, y siempre ha tenido la casa llena. Pensé que si él podía, yo también. Y tampoco me parecía tan difícil de mantener. Agua, abono de vez en cuando y luz.

Cuando llegué con ella a casa le coloqué un plato debajo del tiesto. Es lo que había visto que hacía mi madre cuando yo era niño. La puse en la cocina, que no era muy luminosa pero me parecía que seria donde mejor podría atenderla como era debido. Cerca de la ventana, cerca del grifo, lejos de donde pudiera caerse. Compré tierra para cuando creciera y hubiera que transplantarla a un tiesto más grande. Y con todo listo, me dispuse a cuidar de mi planta y a demostrar que era capaz.

A las dos semanas tuve que tirar la planta. Estaba muerta. Me ocupé de ella con exceso de celo, y lo que debía haber sido una placentera vida de varios años se convirtió en un efímera compañía de 14 días. Tanto quise hacerlo bien que termine ahogándola de tanto ponerle agua. Fracasé en algo tan sencillo como en tener una planta. Y no he vuelto a intentarlo. No quiero volver a sentirme tan incapaz de algo tan evidentemente sencillo. Aunque no he cejado en el objetivo de cuidar de algo, esta vez de alguien. Ahora tengo un gato, desde hace seis años, y aquí sigue…

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