Esa gente…

21 abril 2018

La que frota la tarjeta sin contacto en el trono del metro para entrar, como si con esa magia las puertas se fueran a abrir primero;

La que no saca la tarjeta sin contacto del bolso, y lo frota contra el torno esperando también que esa magia abra las puertas;

La que tarda media hora en encontrar la tarjeta sin contacto en el bolso cuando no se abre el torno, y te hace perder el tren por el que te has matado corriendo escaleras abajo;

La que va en grupo y se para en mitad de la acera a mirar escaparates como si fueran ellos los únicos seres vivos por la calle en ese momento;

La que se tira 10 minutos mirando un escaparate como si en vez de dos muñecos vestidos fuera un cuadro de Rembrandt;

La que mira escaparates en vez de entrar en la tienda a ver la ropa directamente…


La planta

9 abril 2018

Una vez tuve una planta. No me acuerdo de qué tipo, ni si era de las que dan flores o no. El caso es que me la compré por envidia. A mi hermano David le gustan mucho, y siempre ha tenido la casa llena. Pensé que si él podía, yo también. Y tampoco me parecía tan difícil de mantener. Agua, abono de vez en cuando y luz.

Cuando llegué con ella a casa le coloqué un plato debajo del tiesto. Es lo que había visto que hacía mi madre cuando yo era niño. La puse en la cocina, que no era muy luminosa pero me parecía que seria donde mejor podría atenderla como era debido. Cerca de la ventana, cerca del grifo, lejos de donde pudiera caerse. Compré tierra para cuando creciera y hubiera que transplantarla a un tiesto más grande. Y con todo listo, me dispuse a cuidar de mi planta y a demostrar que era capaz.

A las dos semanas tuve que tirar la planta. Estaba muerta. Me ocupé de ella con exceso de celo, y lo que debía haber sido una placentera vida de varios años se convirtió en un efímera compañía de 14 días. Tanto quise hacerlo bien que termine ahogándola de tanto ponerle agua. Fracasé en algo tan sencillo como en tener una planta. Y no he vuelto a intentarlo. No quiero volver a sentirme tan incapaz de algo tan evidentemente sencillo. Aunque no he cejado en el objetivo de cuidar de algo, esta vez de alguien. Ahora tengo un gato, desde hace seis años, y aquí sigue…


Un trabajo extraviado…

1 abril 2018

(Advertencia: está historia es ficticia, como sus personajes)

Marzo de 2018. Viernes Santo.

Una grácil silueta se escabulló por el largo pasillo. Apenas podía verse. Las ténues luces de emergencia lanzaban amarillos destellos mortecinos. Con la agilidad de un gato, la figura, toda vestida de negro, llegó hasta el fondo y se paró frente a una puerta de madera de doble hoja. Agarró el pomo tratando de no hacer ruido, y lo giró para abrirla, pero la puerta no cedió. Estaba segura de que no había nadie en el edificio. Las fiestas le aseguraban soledad, y tiempo por si el plan se torcía y debía improvisar.

Se agachó y de su mochila sacó un pequeño estuche con varias ganzúas que movió con soltura y velocidad alrededor de la cerradura hasta que esta cedió y la puerta quedó abierta. Entró en la estancia y cerró. Se colocó en el centro tratando de situarse, iluminando cada lado con una pequeña linterna. Era un cuarto grande con altas estantería del suelo al techo. Centenares de libros las llenaban, ordenados por orden alfabético del apellido de sus autores. Quien se ocupaba de mantener aquel lugar en orden tenía siempre mucho trabajo. Cada año llegaban decenas de nuevos ejemplares que obligan a mover los almacenados.

La figura se deslizó hasta el pasillo de la izquierda, y lo anduvo hasta que encontró el espacio dedicado a los autores con apellido comenzado por “c”. Satisfecha, se quitó la mochila, y extrajo con cuidado un pequeño libro encuadernado en piel azul con letras doradas. Con las manos protegidas con unos guantes, hizo un hueco entre dos ejemplares también azules, e introdujo el suyo. Enfocó con la linterna, complacida, dio un golpe de despedida al lomo del libro, y se encaminó a la salida. Cerró la puerta, recorrió el pasillo hasta la ventana por la que había entrado, saltó al jardín y huyó del edificio corriendo mientras se quitaba el pasamontañas que le cubría la cara, dejando que ondeara al aire una alargada cabellera rubia…

Lunes de Pascua. Semana Santa de 2018.

Teletipo agencias. El rector de la Universidad de Los Reyes Magos, en una nota de prensa, ha comunicado que a primero hora de la mañana, en una nueva revisión de los archivos de la Facultad de Derecho, ha aparecido un ejemplar del TFM de Cristina Cienfuegos, después de una semana de especulaciones sobre su paradero dentro de la polémica sobre la posibilidad de que la presidenta del Consorcio de Artistas Nacionales no hubiera obtenido legalmente su título. El rector ha señalado que el trabajo, encuadrando en azul y con el título en letras doradas, ha sido encontrado en el lugar que le corresponde de acuerdo con el apellido de su autora. Ahora, ha indicado, la universidad está a la espera de que la presidenta del Consorcio autorice su exhibición…

Mientras tanto, en un despacho de la Real Casa de la Moneda… “Señora presidenta, qué dicen de Conserjería que qué hacen con el buzo negro que ha aparecido esta mañana en una de las taquilla del garaje”…


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