Visitas institucionales…

13 marzo 2018

En varios sábados he estado de visita en el Senado y en el Congreso. Adelanto ya que si falta algo, yo no lo he cogido. Tampoco se ven a la vista cosas de valor que no sean cuadros y alfombras. Lo mismo no dejan nada a mano para que no se lo lleven “ellos” (no sabía cómo decir diputados y senadores sin ofender o cometer delito…). El caso es que merece la pena. Se ve lo que conocemos de la televisión, aunque es cierto que tampoco se siente nada de eso que hace que alguno haga lo que haga falta en su partido para conseguir poltrona en un sitio o en el otro.

El Senado, en general, mola más. El edificio antiguo tiene una historia muy interesante, y el nuevo hemiciclo se ve moderno y funcional. El Congreso es más pequeño de lo que parece, aunque igual de rancio de lo que todos pensamos. Me fijé en que las alfombras están desgastadas en los bordes, y en que los cables al aire le quitan glamour institucional. Los reposabrazos de los escaños tienen el cuero pelado, y en la salas de reunión informal, llamativamente no hay sillas. En el antiguo salón de plenos del Senado tienen cinta amarilla y negra pegada a la moqueta para señalizar los escalones, y los teléfonos son modelos de 1986. O sea, que la chapuza española como realidad con identidad propia hunde sus raíces incluso en las sedes de la representación popular.

El guía del Senado reparte muy bien sus explicaciones. Funcionamiento para el hemiciclo en uso, historia del edificio y de la institución para el que están en desuso, y contexto histórico general para el “Salón de los pasos perdidos” y la biblioteca. Todo en una hora. La del Congreso lo hace más fácil. Se limita a media hora de vaguedades y reseñas escuetas muy contemporáneas, con especial atención a los agujeros de los disparos de Tejero y compañía en el hemiciclo. Al acabar la visita del Senado te regalan un librito con su historia, sus funciones y algunas otras reseñas. Cuando acabas la del Congreso te dan las gracias, y a casa. Ni un miserable díptico, ni un ejemplar en barato de la Constitución. Que no digo yo que repartan los smartphones o alguna de las tablets que entregan a sus señorías, pero hombre un algo si.

Gana la visita al Senado por goleada. Mucho más completa en todos los sentidos, y con obsequio incluido. En el Congreso son tacaños hasta con las explicaciones. Aunque las dos empatan en que salvo funcionarios y policías, en ninguno de los dos sirios estaba ni el tato. Me refiero a sus señorías, las que duermen en los escaños (a veces), juegan con sus tabletas (también a veces) y legislan o controlan al gobierno (las menos veces). Que ya se yo que las visitas son en viernes y en sábado, pero no se, un poco por dejarse ver y hacer amigos tampoco les va de sobra (madre mía, el correcto había escrito ‘sobre’. Menos mal que lo he visto a tiempo…)


Ir al cine…

5 marzo 2018

El domingo he estado en el cine. La película, “Sin rodeos”, de Santiago Seguro, es muy divertida, y Maribel Berdú está fantástica. Ahora, que el contexto es un horror, empezando por el precio: 10 euros uno encima del otro por dos entradas.

A la derecha, en la fila de abajo, tres señoras mayores que comentaban las escenas, y no acababan de apagar los móviles. Hasta el extremo de que a una de ellas le sonó en mitad de la película ¡y contestó! para decirle a quien llamaba que estaba en el cine y no podía cogerle (tal cual). Detrás, también a la derecha, una pareja con una bolsa de papel llena de más bolsas de papel con comida, que cada quince minutos agitaban durante cinco para sacar algo que meterse a la boca. A la izquierda, en la misma fila, una señora a la que también le sonó el móvil, que la mujer tenía en el fondo de un bolso de esos en los que entra media casa, y que tardó la vida en encontrar, sacar y parar. Detrás, a la par, una familia con dos padres y una chiquilla que tenían una de esas absurdas conversaciones padres-hijos incomprensibles que mezclan futbol, los Oscar, el mal tiempo y el sabor de las palomitas, todo a la vez, sin coherencia ninguna. Y el colofón, la mujer mayor que al acabar la película se cayó por las escaleras, y allí dejamos dando gritos esperando a que llegara una ambulancia y algún médico.

Hacía un montón que no iba al cine. Ha cambiado el sonido, los asientos, los precios de las entradas (por las nubes), los de los combos de palomitas y los refrescos (más arriba de las nubes), el orden de entrada, las salidas, pero no la falta de educación y saber estar de la gente que se cree que la sala es una mezcla entre el salón de casa, el comedor, y una telecine con puesta en común de lo que sale en la pantalla. Qué estrés…

 


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