Llevar muletas

Llevar muletas envejece. Y no porque cueste un huevo moverse con ellas y acabes cansado como si hubieras hecho la San Silvestre vallecana calzado con castellanos. No. Cada vez que alguien me ha cedido el asiento en el bus o en el metro me ha tratado de usted. “Siéntese”. Que dan ganas de decir “mira bonito/bonita. Que se siente tu señor padre”. Se agradece el gesto -escaso, todo hay que decirlo- pero no así, coño. Es verdad que he cogido algunos kilos, y que voy a tomar das partes en chándal -que le he cogido un asco monumental-, y que hasta ayer no me he podido cortar el pelo, pero de ahí a empujarme al acabose de la tercera edad va un trecho -en mi caso de 20 años para llegar a 70-

Quiero creer que es cosa de algún mecanismo mental que une educación al hecho de dejar sentarse a alguien impedido. Pero vamos, que a mí me vale con un gesto de cabeza y una sonrisa. Para quedar bien no hace falta hablar. ¡Hombre ya! Alguna vez me ha podido el orgullo y he dicho que no, que me bajo en la próxima. Y claro, luego los dolores han sido épicos. Pero vale la pena. Mientras el dolor se quita con ibuprofeno, un ego herido tiene difícil cura.

(PD. Me he aficionado a los aguacates. En nada tendré la cocina llena de vasos con agua con pepitas trinchadas de palillos a ver si enraízan…)

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