Un relato (con premio)…

Os dejo aquí el relato con el que he quedado Tercer Finalista en una convocatoria de premios en mi empresa (Rubine Creatividad). Ya me diréis…

RECORDAR, OLVIDAR… OTRO VIVIR

Mi padre era panadero. Su padre también. Trabajaban en una panadería en el centro del pueblo donde los dos nacieron y se habían criado. Siendo aún niño, mi padre ayudaba a mi abuelo de cuando en cuando. Cuando tuvo edad suficiente, se quedó todo el tiempo en el obrador, haciendo de todo. Amasando harina. Metiendo y sacando pan del horno. Colocando los panes en los sacos de reparto. Dejándolos a la puerta de las casas de los vecinos. Recogiendo los sobrantes para dar de comer a los animales. Tenían un par de vacas y un cerdo. También gallinas y conejos. Los cuidaban cuando terminaban en la panadería. En realidad eran la ocupación de mi abuela, como lo eran la casa y la huerta, pero a ellos les gustaba implicarse también en eso

La vida de mi padre, y antes la del suyo, se resumía en trabajar dejándose la piel por los suyos. Sin miramientos, ni exigencias que no fueran para ellos mismos. Rompiéndose la espalda, dejándose las manos, consumiéndose la vida entre harinas y calores. Sin más descanso que el de estar en casa también ayudando. Mi padre y mi abuelo trabajaron siempre mucho y muy duro.

Yo escogí otro camino. Me apasionaba la ciencia, quería ser científico. Todo lo mecánico me fascinaba. Cualquier aparato para cualquier cosa era una maravilla para mí. La sala de ciencias del colegio me parecía un cuarto mágico. Los microscopios, las lámparas de alcohol, las probetas, el material metálico, las batas blancas, el olor a químicos… En los recreos me escabullía por los pasillos para ver la clase desde la puerta cuando los mayores bajaban al patio. Me hipnotizaba aquel espacio, y soñaba con cuando me tocara el turno de usarlo. No veía el momento de ser mayor para poder ir a clase de ciencias y hacer experimentos.

El cartero de mi pueblo era un hombre ilustrado Cuando yo salía de la escuela, corría al bar de la plaza porque allí paraba al terminar de trabajar. Me contaba historias sobre descubrimientos científicos, los antiguos y los más modernos, y me explicaba cómo funcionaban algunas de las cosas que teníamos a mano. A medida que fuimos cogiéndonos confianza empezó a prestarme algunos de sus libros. Olían a papel viejo y se veían muy leídos. Los que tenían láminas eran los que más me entretenían, pero los que nos las tenían también me gustaban. De todos aprendía todo lo que podía.

Hacía dibujos de mecanismos, existentes e inventados, posibles o imposibles. Daba igual. Me pasaba horas viendo, leyendo, observando. Tenía una mente despierta y ávida por saber. Nada me aburría más, y me enfadaba, que no poder estudiar las cosas. El mundo de la ciencia era el mundo en el que yo quería vivir y hacer cosas. Aprender no me costaba esfuerzo alguno.

También comencé muy joven a coleccionar minerales. En cualquier pedregal me lanzaba a rebuscar de cuclillas entre las piedras las que parecieran diferentes. Escogía por formas y colores, grandes y pequeñas. En mi habitación las colocaba ordenadas en los estantes, junto a los libros que ya iba atesorando. Nunca había poco espacio para piezas nuevas, ni de una cosa ni de otra. Estar rodeado de ciencia, de técnica, de mecánica, me daba la vida.

Mi padre y mi abuelo sabían que la panadería no era mi sitio, y nunca dijeron nada de que trabaja con ellos. Sabían que su forma de vivir y la que yo quería para mí no eran compatibles. Cuando acabé el colegio y hubo de escogerse qué hacer conmigo, decidieron que mi rumbo debía ser otro distinto al que ellos habían seguido. Que los tiempos eran otros, las posibilidades diferentes, incluso para una familia obrera como la que ellos formaban, y la obligación de dar salida a mis ilusiones, y a mis posibilidades, preferente a cualquier otro plan para el futuro. Mi padre me matriculó en la Escuela de Oficios para que me especializara en mecánica, y así es como pasé de su mundo al que desde entonces habría de ser el mío.

Aprendí durante años, en la escuela y por mi cuenta. Siempre pensando en mañana y en pasado mañana, ideando, maquinando, ensoñando. Y me empleé pronto al acabar mis estudios. La mecánica se me daba bien, y nunca tuve problema para ganar con qué mantenerme. Trabajé en una fábrica de taladros, y en otra que hacía puertas metálicas y mecanismos para ascensores. Qué tiempos, qué recuerdos, qué de ilusiones y qué de cosas pude hacer. Tuve la vida que quise, solo dedicado a lo que me gustaba, aprendiendo todos los días, mejorando. Muy distinta a la de mi padre y a la de mi abuelo.

Ahora… Ahora no se ya muy bien a qué me dedico… En ocasiones, incluso en ocasiones no recuerdo todo de quién fui. De mi abuela, de mi padre, de la panadería, de los animales que cuidaba mi madre… De todo eso me acuerdo siempre, pero del resto… Qué resto… Dónde estoy… Quién me coge la mano…

– Papá, mira, ha venido a verte Nacho, tu nieto. Y ha traído su camión eléctrico para que le expliques cómo funciona… ¿recuerdas?- le dijo al anciano de la mirada perdida aquel un joven agachado que cogía su mano y la de un niño. Estaban en la sala de visitas de la residencia, rodeados de otros ancianos con sus familias, buscando con ellos recuerdos de un pasado cercano que les tenía perdidos en su propio mundo, ese llamada Alzheimer…

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