En la era del móvil…

Todavía queda gente que lleva el móvil en aquellas fundas de primeros de siglo, negras, de polipiel, con solapa y cierre metálico, sujetas al cinturón. Suelen ser hombres entrados en años, de los que se suben mucho el pantalón, que tiende a colores crudos, y llevan mocasines de número pequeño. Allá por el 2000 no se notaba tanto la transgresión estética de proteger así el teléfono. Hoy provocan risa tierna. Han quedado para la historia de la telefonía portátil. Historia viva…

También se ve de vez en cuando alguien que habla por un aparato sin pantalla táctil, con teclas, sin conexión a internet, y antena. Pocos, es verdad, y reducidos también a usuarios de edad -que cuidado, no todos los mayores se manejan mal con las nuevas tecnologías; mis padres tienen teléfonos modelos y me comentan en Facebook desde ellos-, pero que mueven a igual afecto sentido que los de las fundas a la cintura. También estos están para llevar a un museo entre aplausos. Por el valor de haberse resistido a entrar en la era de la conectividad y el mimo con el que han cuidado sus terminales, que han sobrevivido al tiempo, como ellos mismos.

Aunque de todos, el mérito como para un homenaje público se lo han de llevar los que todavía hoy no tienen móvil. No los chiquillos, que esos descuentan días para que la Primera Comunión o las notas de junio del colegio les caigan con uno. No, esos no. Los otros, los mayores que han sido capaces de cambiar de siglo tecnológico y valerse en él sin un mal teléfono móvil que meter en el bolso o en el bolsillo -incluso de cargar en una funda de cinturón-. Esos tienen que llevarse todo nuestro reconocimiento, admiración y cariño. Ellos sí que saben vivir la vida al límite…

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