Fascitis 

He vuelto a las sesiones de ondas de choque. La mejoría en el pie izquierdo está en el 60% (eso me pidió la rehabilitadora que evaluará, y en ese formato, un porcentaje. Como si el dolor cotizará en bolsa y tuviera fluctuaciones en su valor). Me han toca dos sesiones más. 

La máquina de las ondas es como un martillo grande unido con cables a una consola de la nave de Star Treck. La doctora la posa sobre la planta del pie, previamente untada con vaselina como si fuera un cerro camino de la barbacoa. Luego pulsa un botón y aquello empieza a hacer ‘toc toc’ y a provocar indoloro como de pinchazos que jode. Cuando acabadas, te quitas el kilo y medio de vaselina con un rollo de papele de cocina y hala, a casa hasta la siguiente. 

Todo sufrimiento es poco por sanar el puto pie que lleva un año dándome por el saco. Incluso que la consulta parezca el camarote de los hermanos Marx, con sillas, mesas y camillas que entrarían ya justas en el salón de mi casa. El pie se me pone como una bota. Y duele los dos siguientes días al tratamiento. Pero merece la pena. Creo…

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