Mal servicio, adiós cliente…

En España, entre el exceso de confianza en nuestras capacidades para subir en las jerarquías, siempre exageradas, y una profusa aplicación del Principio de Peter (eso de ascender hasta alcanzar el máximo nivel de incompetencia) vivimos rodeados de malos profesionales y de mucho inútil. Tampoco ayudan la envidia, que hablando de esto suele ser malsana, ni los acomplejamientos mal gestionados, que se convierten ambos en una palpable amargura que se traslada, sobre todo, al trato con el cliente.

Hace dos semanas pedí en el BBVA una tarjeta de débito para usar mi cuenta, en la que quiero domiciliar la nómina. Una chica muy agradable hizo los trámites, y me dijo que podía recogerla en la sucursal, en una semana. El jueves, 14 días después, la tarjeta aún no había llegado. O si, pero a otra sucursal distinta de la mía. Sólo cuando he expresado mi queja al director y he pedido ponerla por escrito, el tipo, muy seco, adusto, nada empático, demasiado sobrio para un puesto de trato al público como el suyo, ha averiguado, y por tres veces me ha dicho, que la tarjeta estaba en otra oficina ‘a cinco minutos de aquí’, así como dejando caer que podía ir yo hasta allí a recogerla. Evidentemente he dicho que no, y he acabado mi redacción, que ha sido el paso para el siguiente desaire: por ponerla, la tarjeta no estará en mi sucursal hasta que se resuelva, en dos o tres semanas. O sea que en BBVA, si se equivocan en un proceso y te quejas por el perjuicio, corres el riesgo de que mediando un director imbécil, el perjuicio se ahonde. Y además te llamen mentiroso, porque eso es lo que ha puesto este incapaz en una nota a pie del escrito de mi segunda protesta.

Cuando se juntan la mala praxis profesional, la falta de enfoque al cliente en el trabajo de atención al público, la ausencia de habilidades sociales y ese sentido funcionarial franquista de trabajar que todavía hoy los mediocres le imprimen a cualquier labor técnicoadministrativa, tienes un director como este del BBVA vengándose porque protestas y exiges que en su empresa hagan bien su trabajo, que para eso pagas. Me molesta no tener mi tarjeta en el tiempo comprometido, pero eso con una explicación a tiempo y una disculpa lo habrían superado. El enfado me lo provoca la actitud del director, infantil, vaga y rencorosa, impropia de quien con su trabajo pone cara a la imagen ideal de la entidad. Con esto han perdido un cliente, y tantos otros como los que quieran escucharme y evitarse el mal trago de toparse con revenidos incompetentes de este calibre. Que debería usar trajes de su talla, por cierto, para no enseñar el final de la espalda al agacharse…

(La sucursal donde he tenido el problema con su director es la 6152, en Madrid, calle Antonio López 232)

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