Mal servicio, adiós cliente…

23 diciembre 2016

En España, entre el exceso de confianza en nuestras capacidades para subir en las jerarquías, siempre exageradas, y una profusa aplicación del Principio de Peter (eso de ascender hasta alcanzar el máximo nivel de incompetencia) vivimos rodeados de malos profesionales y de mucho inútil. Tampoco ayudan la envidia, que hablando de esto suele ser malsana, ni los acomplejamientos mal gestionados, que se convierten ambos en una palpable amargura que se traslada, sobre todo, al trato con el cliente.

Hace dos semanas pedí en el BBVA una tarjeta de débito para usar mi cuenta, en la que quiero domiciliar la nómina. Una chica muy agradable hizo los trámites, y me dijo que podía recogerla en la sucursal, en una semana. El jueves, 14 días después, la tarjeta aún no había llegado. O si, pero a otra sucursal distinta de la mía. Sólo cuando he expresado mi queja al director y he pedido ponerla por escrito, el tipo, muy seco, adusto, nada empático, demasiado sobrio para un puesto de trato al público como el suyo, ha averiguado, y por tres veces me ha dicho, que la tarjeta estaba en otra oficina ‘a cinco minutos de aquí’, así como dejando caer que podía ir yo hasta allí a recogerla. Evidentemente he dicho que no, y he acabado mi redacción, que ha sido el paso para el siguiente desaire: por ponerla, la tarjeta no estará en mi sucursal hasta que se resuelva, en dos o tres semanas. O sea que en BBVA, si se equivocan en un proceso y te quejas por el perjuicio, corres el riesgo de que mediando un director imbécil, el perjuicio se ahonde. Y además te llamen mentiroso, porque eso es lo que ha puesto este incapaz en una nota a pie del escrito de mi segunda protesta.

Cuando se juntan la mala praxis profesional, la falta de enfoque al cliente en el trabajo de atención al público, la ausencia de habilidades sociales y ese sentido funcionarial franquista de trabajar que todavía hoy los mediocres le imprimen a cualquier labor técnicoadministrativa, tienes un director como este del BBVA vengándose porque protestas y exiges que en su empresa hagan bien su trabajo, que para eso pagas. Me molesta no tener mi tarjeta en el tiempo comprometido, pero eso con una explicación a tiempo y una disculpa lo habrían superado. El enfado me lo provoca la actitud del director, infantil, vaga y rencorosa, impropia de quien con su trabajo pone cara a la imagen ideal de la entidad. Con esto han perdido un cliente, y tantos otros como los que quieran escucharme y evitarse el mal trago de toparse con revenidos incompetentes de este calibre. Que debería usar trajes de su talla, por cierto, para no enseñar el final de la espalda al agacharse…

(La sucursal donde he tenido el problema con su director es la 6152, en Madrid, calle Antonio López 232)


Alargamiento de gemelos 

18 diciembre 2016

El jueves volví al traumatólogo. Había pedido un adelanto de cita, y después de diez minutos discutiendo con una señora del servicio telefónico que las da [pretendia ser ella la que determinara cuán de agudos son mis dolores y cuánto me invalidan como para el adelanto] conseguí que me viera un médico en el día y distinto de la que me acompaña en este calvario sin solución desde hace nueve meses. Un tipo muy fino, que me dió la mano al entrar y me trataba de usted. Me escuchó serio y circunspecto las vueltas que he dado, y después de 10 minutos dijo que había agotado el tratamiento convencional y el horizonte de curación está en una intervención quirúrgica consistente en un ‘alargamiento de gemelos’. Me empecé a escurrir de la silla entre un mareo y la visión borrosa. Toda mi vida pasó en un segundo por mi mente. Y al despertar, el médico seguía allí tal cual le había dejado antes de perder la consciencia…

Me voy a quedar cojo irremisiblemente. Me darán una exigua pensión de invalidez que tendré que completar vendiendo colgantes en el metro o lotería de alguna turbia asociación que me deje quedarme con un porcentaje de cada boleto. Ya me veo aguantando los insultos de los gamberros cuando pase entre ellos aguantándome sobre un par de muletas oxidadas forrados sus mangos de esparadrapos y viejos trapos para evitar el daño de la presión. ‘Cojo cabrón’. ‘Niño, deja que se siente el cojo’. ‘Mira mamá, un cojo’… Se desmorona mi vida por una pura fascitis plantar que se ha empeñado en no curarse…

-Entr ensayar una cojera que no se note mucho, ir pensando qué decir en el metro cuando tenga que pedir limosna para completar la invalidez, superar los desmayos cuando he visto fotos de operaciones de alargamiento de gemelos y cargarme en la madre que partió a la médica que no ha dado con un tratamiento a tiempo para curarme, se me habido el tiempo y acabó esta entrada la víspera de la visita al cirujano. Mañana os cuento si no me ha dado una embolia en la consulta…-


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