Volver sin que nada cambie

He pasado un fin de semana en casa aprovechando las vacaciones que me quedaban. Y celebrando mi cumpleaños en un 100 Montaditos con Jomalaso -gracias a todos por acordaros y por los regalos. Habéis sido muy generosos todos, si…- Y hay que joderse que he vivido los cuatros días en un déjà vu permanente…

Nos dejamos caer por un local de ambiente que frecuentábamos cuando éramos más jóvenes. Todo estaba igual, como si hubiera pasado por allí el fin de semana anterior. Y hace más de cuatro años que vivo en Madrid… Nacho y otro chico que no sé cómo se llama (no lo he sabido nunca, o si pero no me acuerdo) se sorprendieron al verme sin gafas. Les dije que es normal, que sólo hace 6 años que no las uso. Raro fue que no comentaran nada de la barba (me la dejé en 2006, pero seguro que todavía hay quien no se haya enterado). En el fondo está bien así. Eso quiere decir que todavía se me recuerda, aunque sea mal. Había concertado con José Manuel que en cuanto me saludaran tres de los de toda la vida nos íbamos del local, pero no hizo falta. Había cuatro gatos, todos antiguos, pero ninguno con trato como para un abrazo fraternal y media contando cómo me va la vida. 

Lo pasamos bien, la verdad. Bailamos, bebimos -una cerveza y un chupito de algo marrón que sabia dulce que vete tú a saber de qué estaba hecho- nos reímos y volvimos a comprobar que en Santander no crece ni la hierba… Así es hasta cómodo volver, porque no hace falta sorprenderse de lo nuevo. Solo recordar lo antiguo, que es casi todo…

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