¿Torrijas? ¿En serio?

Mi madre ha hecho ‘torrijas’ para tomar el sábado santo. Me ha querido dar mal. Torrijas, en Santander, a finales de marzo, por la Semana Santa… ¡Jamás, mamá, jamás! Las torrijas de los castellanos son nuestras tostadas de toda la vida, que se comen en Navidad. A ver si ahora que ya podemos usar el Lábaro como si fuera nuestra bandera (no he entendido bien cómo queda esta historia, pero tampoco pienso dedicarle un segundo) vamos a recoger la tradición de las torrijas, que es lo que tienen en el centro de España para salir en los informativos en estas fechas justo después de los andaluces con sus procesiones o los mediterráneos con el inicio de la temporada de la playa. Por favor… Además que no saben igual. Me dieron a probar de una pasteleria del centro y todavía estoy quitándome el azucar pegajoso del morro. NO. Lo nuestro son las TOSTADAS en NAVIDAD (no confundir con las universales tostadas de mantequilla y mermelada del desayuno. Se llaman igual pero no son lo mismo), y no esta inmersión culinaria en otras tradiciones.

Han vuelto los ‘gitanos rumanos’ a intentar colarse en el edificio. Esta vez, por lo visto, han forzado el portón del garaje. Les pillaron ya dentro pero antes de acceder a las escaleras. O sea, que tanta hostia con la cerradura de seguridad (un miserable cambio de bombín es lo que fue) y dar dos vueltas a la llave, y resulta que la entrada débil era la del garaje. de la que estos talentos que tengo de vecinos no se habían ni preocupado, por cierto. Han puesto un cartel que reza que ‘está prohido acceder al edificio a toda persona ajena’, y otro que pide ‘colaboración ante cualquier ruido extraño que se pueda oir’. La tonta de la jefa de escalera me explicó el acontecimiento, que ya me había contado Alfred que le había contado. Se me ocurrió preguntarle si habían puesto una denuncia, y resulta que no, que no han puesto. Que ella ha rellenado por internet una comunicación a la Junta de Distrito, que le han dicho que es mejor. Yo no doy crédito. Ni a eso, ni a la insistencia en que los malhechores son ‘gitanos rumanos del poblado de aquí al lado’. Nos ha pedido que vayamos advirtiendo de lo sucedido a los vecinos cuando nos lo vayamos encontrando por el portal, y que nos preparemos para lo que haga falta -ella ‘ya se ha comprado una porra, por si acaso-. Vamos, que si, que ya mismo. Estos son una pandilla de imbéciles que no tienen ni puta idea. Y van servidos si piensan que yo me voy a implicar en algo que no sea proteger mi casa -y que no me roben la bicicleta, que la tengo ocupando parte de una plaza sin dueño-. Con qué desgracia más grande me ha castigado Dios…

La semana pasado llevé el coche de mi hermano David -lo tengo en guarda y custodia mientras él reside en México, que allí que se ha ido a trabajar un par de años- a limpiar por dentro. Cogí el lavado más caro solamente por evitar la vergüenza de que me dijeran al recogerlo que allí había más mierda que en un gallinero. Por eso de contemporizar, le pregunté al encargado mientras pagaba si estaba muy sucio, y se limitó a mover la cabeza arriba y abajo varias veces. Me he comprometido a llevar el mío para compensarles el esfuerzo. Pagaré también el lavado más caro, que no me hace falta, pero me libera del apuro…

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