Heridas de gata, y ‘gitanos rumanos’…

Rigalindo me ha herido la cara. Encima de la ceja izquierda. Un arañazo que, por supuesto, se ha infectado, y se ha puesto de color rojo intenso. Lo suficiente para que todo el mundo se haya dado cuenta, y me pregunte. La pobre no tiene culpa ninguna. La llevaba cogida en brazos, y el ruido de una bolsa en la cocina la asustó tanto que salió literalmente volando. Cayó sobre la mesa, después sobre la encimera, luego encima de la puerta y de ahí al suelo. Por el camino, me llevó la ceja, la nuca, una pierna y media mano. Acabó hinchada como una bola, encogida en una esquina. Diría que más me asusté yo, pero no sería justo. Ella temblaba, yo solamente sangraba. Tardamos una hora en tranquilizarla, acariciándola, susurrándole cosas bonitas, dándole de comer. Hasta que no estuvo serena no me curé las heridas. Agua y jabón (juramentos), agua oxigenada (más juramentos) y betadine (más juramentos aún). Ahora quedan las cicatrices, y picores, y escozor. Y unas risas. Lo mismo lo de la ceja me deja marca y puedo inventarme que es el resultado de una pelea. Que si me dijo, que si le dije, que si me tiré al cuello, que si le pegué así, que si le pegué asa, que si imagina cómo acabó él…

En Navidades hubo un intento de ocupación de un piso vacío de mi edificio. Parece ser que una hora antes de las campanadas de fin de año se colaron unos tipos a los que un vecino descubrió taladrando una cerradura. La alarma social salto de inmediato, y comenzaron las medidas. La primera, un cartel que avisa de que los frustrados ocupas son ‘gitanos rumanos’. Así, tal cual, toda una declaración de estudio antropológico. O lo que viene a ser un brote racista sin vergüenza ninguna, que ya me dirás de dónde se ha sacado el presidente de la comunidad -el jefe de escalera de toda la vida, pero que así dicho parece de barrio y en mi escalera se la dan de ciudadanía VIP- esta tontería. Me contaba hace unos días mi casero, que me lo topé -para mi desgracia, porque no le soporto de lo simple que es- al acabar una Junta de Propietarios -una reunión de escalera, en línea con lo anterior- que quien espantó a los ‘gitanos’ blandió -el verbo es mío- una ‘pistola de plástico’. Otra para añadir a toda la astracanada. Me imagino la escena, y me da como entre risa y pena, mucha pena. La segunda medida ha sido que hay que trancar la puerta del portal siempre. Un coñazo, que por supuesto solo están cumpliendo la mitad de los vecinos, y a los que después de tres semanas de buena voluntad me he sumado entusiásticamente. Le han tenido que dar una llave a la cartera, porque el voluntario que se presentó para bajar a abrirle cada día se cansó pronto del encargo. Y la tercera, íntimamente relacionada con la segunda, ha sido decidir cambiar la cerradura por una ‘de seguridad’. Pregunté cómo es una cerradura de seguridad, y que tenía que fuera a disuadir a los ‘gitanos rumanos’ de pegarle una patada y entrar a taladrar otra puerta. El ‘ehhhh’ de mi interlocutor me dio la pista de la respuesta. La misma que la del chiste del alumno y su consulta sobre los cultivos al monje shaolín: ni puta idea.

La imaginación para evitar la ocupación ha acabado aquí. De tratar del asunto con el dueño del piso, de ese y de otros dos más vacios que hay, ni mención. Que si es difícil, que si son de una empresa -Patatas Fritas La Madrileña- en suspensión de pagos, que si hay un juzgado de por medio porque hay nombrado administrador concursal, que si la abuela fuma… Vamos, que las tonterías son más fáciles -y tan tan tan sostenibles como se entiende cuando se leen- que afrontar el problema -que lo es, desde luego- con cordura, serenidad y contundencia. Así son las lumbreras de mis vecinos. A ver si con la ‘cerradura de seguridad’ -a 20 euros por vecino me dijo mi arrendador, un dineral…- nos evitamos otro momento ‘pistola’ de tensión y a los ‘gitanos rumanos’ viviendo en el bajo A de la otra mano de la escalera…

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