Personajes del metro (1)

El metro es la risión, un circo de personajes de lo más divertido. Están las viejas y los viejos que por la calle van despacio arrastrando los pies y una cachava, con sus reumas y sus dolores, pero que en cuanto entran en un vagón se transforman y corren hacia los asientos vacíos como si fueran gacelas, metiendo codos y rodillas mejor que los jugadores de rugby americano. Luego se sientan, resuellan un rato, se recomponen la ropa, y les vuelve al rostro el rictus de la artritis. Luego están los que aunque corran, no pillan sitio pero se apalancan al lado de uno, arrimándose de poco en poco hasta que a quien lo ocupa no le queda otra que aligerar y cedérselo antes de que se le pose directamente en las rodillas.

También están los músicos, con sus flautas, sus acordeones o sus guitarras, en un concierto de números clásicos de vagón en vagón, metiendo ruido con sus altavoces montados en carritos de la compra como si fueran una orquesta sinfónica de 50 miembros. Y cuando van dos, no sé cómo se lo montan pero suenan con menos intensidad que si fueran solos. Apañan pocas monedas para el esfuerzo que hacen ejecutando las piezas que tocan. Y para la tensión que llevan en la espalda evitando a empleados y vigilantes.

Hace tiempo que también se dejan ver los vendedores de golosinas. En invierno venden chocolatinas, que dicen que están frías, a razón de ‘tres por un euro, una cincuenta céntimos’. En verano, por eso de los calores, el producto en oferta es el chupachups y la piruleta, en sabores exóticos, como el melón, la piña y el maracuyá. Lo que no cambia es el precio, que se mantiene sea la estación que sea. Sacan más que los músicos, bien es verdad, yo creo que porque no molestan y emplean un tono de vendedores muy entretenido.

Y completan la estampa los guardias de seguridad, metiendo tripa por encima de sus posibilidades, con las manos agarrando el cinturón como si la pistola que no llevan les pesara. Algunos llevan el mango de la porra forrado de gomas elásticas, que siempre me he preguntado para qué. A muchos les quedan los pantalones cortos, y a casi todos se les va el color de las camisas. Todos ellos tienen el mismo porte, como de estar recorriendo caminos polvorientos por Afganistán en vez de vigilar las entradas, los andenes y los vagones del jodido metro. Y miran raro, como con sospecha permanente, muy a la española, presumiendo culpabilidad en cada viajero. Por cierto, que uno de los destinados en la estación que más cerca de mi casa me pilla, pasa más tiempo yendo y viniendo al bar, y estando allí, que vigilando saltos en los tornos y follones en los vagones.

Prometo fijarme más, que seguro que hay más fauna a la que poder hacer un traje en mi próximo post.

 

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