Voto, golpe y una alergia…

Hace años que no votaba en persona. Yo creo que ni cuando iba yo en las listas me acercaba a votar. Me da pereza. Encontrar la mesa es una aventura, y soportar la cola un aburrimiento. Si no llevas las papeletas preparadas de casa, meterte en las cabinas para hacerlo es claustrofóbico. Y rellenaras a la vista te somete al escrutinio disimulado de los apoderados del los partidos, que deambulan por aulas y pasillos sin saber muy bien haciendo qué (he sido apoderado en alguna ocasión, en los primeros años de mi militancia política, y doy fe de que esto último es así). El caso es que para las elecciones del domingo me voy a acercar hasta la urna -trataré de subir alguna foto, aunque bien puede ser que un exceso de celo de los miembros de la mesa me lo impida. Incluso que la legislación vigente directamente lo prohíba- a votar. Hace una semana que tengo preparada mi elección para la comunidad -os recuerdo que voto en Madrid-, mientras que para el ayuntamiento cuento con el sobre pero no con la papeleta, que no me va a quedar otra que coger directamente de esas mesas inmensamente desordenadas donde las colocan. Estoy ansioso por ser protagonista de la ceremonia: lectura en voz alta de mis apellidos y de mi nombre por la presidencia, voz en grito de un vocal con el número que me asigna el censo, anotación de los interventores, introducción de papeletas en la urna y declaración de que voté. Aunque bien es posible que de esto nada de nada, y de que sea todo mucho más prolijo e informal. Qué decepción me llevaría… (aunque lo importante es votar, sí…)

He pegado un golpe al coche con la columna de un aparcamiento. En la aleta trasera derecha, que ha quedado hundida, y en la puerta, que tiene un señor arañazo. Lo cierto es que después de verlo no me alteré mucho. Paré, me bajé, miré, me llevé la mano a la cabeza, elevé una plegaria a todos los santos del cielo, toqué la herida (como si con eso fuera la chapa a volver a su sitio), me volví a montar y salí para casa. Al aparcar comprobé que la avería seguía en su sitio, y empecé a hacerme a la idea, trabajo de mentalización en el que tres semanas después aún sigo. El hostión le da caché al coche, y le iguala con las decenas de ellos que llevan abollones similares, incluso más escandalosos. El otro día me pasé por el garaje para echar un vistazo a la columna, y allí estaba acumulada la pintura de todos los imbéciles que la hemos ido dejando. Estuve tentado por hacer una reivindicación artística, como por ejemplo una buena meada, pero había gente y no parecía apropiado, aunque todo se andará…

El otro día me levanté con el morro como el de Carmen de Mairena, hinchadísimo y enrojecido. Me agobié, grité del susto, comprobé que movía todo el cuerpo, no tenía la cara caída, veía bien y no se me caía la baba, me lancé sobre la caja de prednisona y me tomé una pastilla. Al cabo de una hora el labio seguía igual pero yo estaba mareado y me dolía la cabeza. A las tres horas la inflamación había bajado al nivel ‘Sonia Monroe’, y ya me encontraba mejor. Al llegar la noche la cosa era un mal recuerdo. Hace año y medio me pasó algo similar, pero en aquella ocasión se me llenó el cuerpo de ronchas y me costaba respirar. Las pruebas que me hicieron arrojaron resultado negativo (descubrí que ya no era alérgico al marisco) pero, hay que joderse, desde entonces tengo más ataques de urticaria y me he cronificado la ingesta de un antihistamínico. En fin, cosas de la vida y de hacerse mayor, supongo…

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