¡He vuelto!

Madre, la de tiempo que hace que no escribía. Gata Rigalindo os manda saludos. Ha superado la prueba de pasar tres días sola en casa, y está muy contenta. Tuve que hacer un viaje de trabajo, y no me quedó otra que dejarla a su propio cargo. Coloqué muchos cacharros con agua (con hielo, para que tardara en calentarse), y dos boles de comida. Al regresar no había nada roto, y ella tenía un poco cara de loca. El caso es que pasó mi ausencia con bien, y está preparada para otras experiencias similares. Yo no, que las pasé putas pensando que podía sucederle algo. Me he encariñado tanto con el puto gato (bueno, menos cuando tengo que cambiarle la arena)…

Ha habido algunos cambios en mi edificio. El señor del ‘ay, virgencita’ del piso de abajo desapareció de la noche a la mañana, allá por junio. Su mujer salía todas las mañanas pronto, muy arreglada, y volvía por la tarde-noche. Supuse que al fin se habían percatado que donde mejor estaba ese hombre era en un hospital. Ahora tengo mis dudas de que siga allí, porque la que ha desaparecido hace un mes es la mujer. Tiene los estores de las ventanas bajados, y no se nota vida en el estudio. He estado tentado de preguntar al portero, pero me da un poco de pereza que se ponga a contarme la vida de este matrimonio. No aguanto mucho en el portal, porque tiene un espejo de techo a suelo y salvo para hacer fotos para Instagram, me pone nervioso verme reflejado. Yo creo que engorda…

La vecina del 5ºB enciende inciensos y velas de esas de olor en su piso, y el olor se filtra hasta el pasillo. No llega a mi puerta, pero como para entrar y salir tengo que pasar por delante de la suya, me lo como todo. Al principio me limitaba a contener la respiración. Ahora, además, suelto un exabrupto (me cago en su padre, o grito que es mongólica. No sirve de nada, pero yo me quedo como mejor). El perro que tiene ya no ladra tanto, pero si sabes picarle lo hace. Me encanta provocarle a las dos de la mañana, cuando me acuesto muchos días y meto la bici que dejo durante el día en el pasillo. Hago que chirríen las ruedas, y automáticamente se oyen dos ‘guau, guau’ que seguro que la despiertan. Que se joda, que también a mi me molestan sus rarezas de friki y sus charlas de pasillo a voz en grito con otra pirada de dos pisos más arriba con la que sale a pasear el bicho por las tardes.

Este año he bajado a la piscina una vez, y está todo tal cual lo recordaba de veranos anteriores: frío, húmedo y muy caluroso. El socorrista es muy simpático. Juega a las cartas con la limpiadora y su niño. Lo tiene todo muy ordenado y recogido. Hace unos fines de semana, unos hispanoamericanos del bloque 27 montaron una fiesta. Tiraron un cable de luz desde el piso y se trajeron un DJ y todo. Se lo debieron de pasar pipa, aunque no han hecho más porque hubo quejas vecinales. Acabaron muy tarde, les tuvieron que gritar que bajaran la música y encima los invitados usaron el garaje como si fuera un parking público. No gustó la broma entre el resto de inquilinos, no.

Y para acabar este retorno, diré que me han diagnosticado una disnea por tener el nivel de glóbulos rojos bajo. O sea, que me canso cuando hago ejercicio, como los viejos que tienen que parar cada cinco escalones porque se ahogan. Me han recetado unos sobre de hierro (saben fatal. Con razón me decía el médico que los tomara con algún zumo…) que tengo que tomar durante un mes, y luego repertir los análisis. Fue contárselo a mi familia y salir todos en tromba a decirme que tengo que comer lentejas. Lentejas, ¡yo!, que no hay comida de todas las posibles (las normales que comemos aquí, en occidente, me refiero) que más asco me de. Puedo estar horas delante de un plato, sin revolverlo para no ver cómo se mueven en el líquido, que tal cual me lo pusieron se lo llevan. Hasta arcadas me dan. Ya pueden los polvos recetados hacer que suban los niveles de glóbulos, porque lo de comer eso no lo veo…

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