La gata republicana, el chino llamado Víctor y un vecino actor

Ha sido abdicar el Rey Juan Carlos y ponerse mi gata toda republicana. Que si ya era hora, que si lo que toca es preguntar al pueblo lo que quiere, que si no me gusta la marca de arena que me pones en el cajón de mis cosas, que si el paté lo prefiero de salmón… Hemos tenido profundas discrepancias incluso a la hora de seleccionar el canal de la tele para seguir los acontecimientos. Yo he optado por TVE, que es como más institucional. Ella prefiere La Sexta, porque dice que los contertulios son más como de la calle y dicen verdades como puños. Para fastidiarme, porque en mi casa se hace lo que yo digo, está soltando más pelo que nunca, que molesta mucho, y me obliga a pasar el aspirador por la mañana y por la tarde todos los días. En venganza, he rescatado del trastero una fotografía oficial de don Juan Carlos y la he colocado en el mueble del televisor. Y estoy pensando en colocarle la Constitución, abierta por el Título II, encima del comedero, a ver si así se relaja y me deja en paz. Yo creo que todo es porque la obligué a estar en mi regazo cuando el Rey anunció su abdicación. Desagradecida, encima que vivimos juntos estos momentos históricos tan emocionantes…

El hijo de la china que regenta la cafetería donde tomo café se llama Víctor. O eso dice, porque se me hace difícil imaginar que usen ese nombre en China. Supongo que cuando llegan a Europa escogen un nombre del lugar, por eso de integrarse mejor. Y por ponérnoslo más fácil cuando nos tenemos que dirigir a ellos. El caso es que Víctor me saluda llamándome por mi nombre. El lunes le conté que el Rey Juan Carlos también se llama Víctor, de cuarto nombre, y le dio un ataque de risa. No entendía por qué don Juan Carlos tiene cinco nombres, y el último es de mujer (María), ni tampoco por qué los apellidos son tan largos y además se repiten (Borbón y Borbón-Dos Sicilias). Le dije que ya se lo contaba otro día. En realidad no tengo ni la más mínima intención. Si quiere aprender historia de España que se compre un libro. No me faltaba más que cada vez que baje a tomar algo se pongan a darme la murga con preguntas. No no, para nada, que eso ya son muchas confianzas. Bastante que sonrío, que no tengo costumbre.

Se me ha venido a vivir como vecino el actor de ‘Pharmaton Complex’, Jesús Olmedo, dos portales más allá del mío. Hace unos días me choqué con él por la calle del supermercado. Él iba pendiente del móvil, y yo leyendo, así que la desgracia estaba escrita en las estrellas (esa o cualquier otra, que no sería la primera vez; fea costumbre esta de ir más atento del teléfono que de dónde se ponen los pies). Me disculpé, pero me miró como quien mira pasar un tren. No dijo ni mu. Con lo que soy yo, no me molesté por la descortesía. O ese día no había tomado el complemento vitamínico que anuncia, o sí pero le había sentado mal, o simplemente es imbécil y la fama se le ha subido a la cabeza. Esta mañana volvimos a coincidir, justo a la salida de mi portal. Iba en chándal (nada de tactel, ni algodón barato de H&M; hasta me dio la sensación de que lo llevaba planchado…) paseando un chucho, que se me vino a los pies ladrando en cuanto me vio. Lo reprendió sin sacar las manos de los bolsillos, moviendo el pelo canoso al viento, inclinándose levemente sobre el animal, hablándole en un susurro. Se le nota la profesión, aunque el perro no le hizo ni puto caso y volvió a correr detrás de mi en cuento acabó la perorata. Tengo que estar pendiente, por si un día sale de incógnito por el barrio con algún ligue o algo de eso, para sacarle unas fotos con el móvil y ver si las puedo vender a alguna revista de las que tienen en las peluquerías…

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