Sábado de dramas.

El sábado por la noche se me resbaló el móvil de la mesa y al chocar contra el suelo se le rompió la pantalla. El acabose. Siguió funcionando, porque los IPhone son buenos aparatos, pero yo no. Alcancé un estado mental, un éxtasis, al que nunca antes había llegado. Una especie de clímax total del pánico. Era como si de repente estuviera fuera de mi cuerpo. Me veía a mi mismo caminando de un lado para otro, con las manos en la cabeza, pálido, entre temblores y espasmos de las piernas. Aquello parecía un sueño, y hasta llegué a tumbarme en el sofá, a ver si al levantarme se había pasado. Pero no, para nada. Allí estábamos el móvil destrozado y yo, con tanta adrenalina en la sangre que podrían haberme usado de surtidor en la unidad de coronarias del “12 de Octubre”. Del shock ni sudé. Posé el teléfono en varios sitios distintos, esperando que al recogerlo la pantalla estuviera intacta. Tampoco funcionó. La reparación me ha costado 50€ y esperar tres horas en un centro comercial a que la hicieran. Y un libro en la Fnac, dos camisetas, el periódico, tres cafés, dos tabletas de chocolate de Ikea y una bombilla de repuesto para los faros delanteros del coche. De todos modos, con la experiencia he aprendido el aguante que llego a tener para soportar tensión sin desmayarme, aunque no estoy muy seguro de haber sido del todo dueño de mi cuerpo y de mi mente durante el tiempo que pasó entre la caída del móvil y el irme a la cama.

Por la tarde, antes de cargarme el teléfono, cambié la bombilla de una de las luces de freno traseras del coche. Otro show. En chandal, lloviendo, con el manual en la mano y mis herramientas de juguete (como siempre, no las bajé todas y tuve que dejar el cambio a medias para subir a casa a por las que me faltaban). Me dejé las uñas quitando unas cosas que se llaman ‘tetones’, que sujetan el forro ese gris del maletero a la carrocería. Luego casi rompo la carcasa de plástico del foco porque un tornillo oxidado no salía de su sitio. Me estaba mojando, con las manos llenas de grasa, el maletero revuelto (que me pone negro), incapaz de encajarlo todo otra vez, y sin poder probar si la jodida bombilla funcionaba o no. ‘Jurar en hebreo’ alivia mucho la tensión, así que yo creo que eso fue lo que me ayudó (espero que ni en la parroquia ni en la iglesia de latinos que hay en el edificio debajo del que tengo el coche aparcando llegaran a escuchar nada). Cuando ya estaba todo hecho, abordé a un señor, que de primeras se llevó un buen susto, para que me dijera si al pisar el pedal aquello se encendía. Sólo tardé 43 minutos (más otros diez para quitarme la mierda de las manos), un récord si tengo en cuenta que la última vez me llevó casi una hora cambiar una lampara de posición de un faro delantero.

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