Adios al tabaco (y mi vecino de abajo parece que se muere)

He dejado de fumar. Así, tal cual, con dos cojones (perdón, no se me ocurría cómo expresarlo mejor). El bueno de Paco, mi médico, estará encantado (el cabrón del dermatólogo de la Unidad del Melanoma que me hizo el seguimiento la última vez, ese que me dijo que me habían ‘extirpado un cáncer de los más agresivos’ y que hizo que me cagara por las patas abajo, seguro que también lo está). He calculado que dejo de gastar en tabaco unos 30 euros semanales, más de 120 euros al mes, casi 1.500 euros al año. O no, porque como me ha dado por obsesionarme con evitar ponerme como una foca ganando peso, ahora me lo tendré que dejar en fruta para cuando me pega el hambre a deshoras. Ansiedad no tengo, pero el estómago me lo siento vacío a cada momento, y solamente me faltaba engordar, que uno no está en edad de permitirse ese lujo. Por si acaso, he limpiado a fondo la bicicleta, he hinchado las ruedas a reventar, y tengo el firme propósito de salir a hacer ejercicio con ella cada vez que el buen tiempo me lo permita (y las agujetas, y la pereza, y el aburrimiento, y…). El tipín que se me ha quedado después de eso que me pasó hace unos meses (ni me acuerdo ya de qué fue) no pienso perderlo por dejar los cigarrillos. No, no.

Se ha venido a vivir al piso de abajo del mío un matrimonio de señores mayores. Me he encontrado con ella en el ascensor un par de veces. En la última se despidió llamándome ‘cielo’ (la china del café en el que paro me llama ‘chiqui’, así que ya no me extraña nada). Y él se pasa todo el puñetero día lamentándose, porque por lo que me ha contado el consejere (aquí no son porteros, que eso queda para los edificios señoriales del centro con portales que parecen salones de convenciones) está bastante enfermo. Sólo se calla por las noches, supongo que por el efecto de alguna clase de droga. Por la intensidad de los ‘ayes’ y su constancia si que debe de estar jodido, así que cualquier día, en vez de a su esposa me lo encuentro a él en el ascensor metido en una bolsa de plástico y acompañado de los de la funeraria. He pensado en dejarles una nota en el buzón advirtiéndoles de que cuando llegue el momento del fin (suena mejor que lo de cuando ‘estire la pata’) se abstengan de llamarme para echar una mano. Y que en cualquier caso, avisen al conserje para que emita alguna suerte de señal que nos mantenga en nuestros apartamentos hasta que se hayan llevado al fiambre (dicho sea con todo respeto, por supuesto).

(Ayer salí en bici. Con mi chandal, mi sudadera gris, mi gorra azul, y mi ecléctica lista de música. 14 kilómetros, 50 minutos. Hice los siete primeros, hasta el final de Madrid-Río, enfrente de Príncipe Pío, que parecía Amstrong en una contrarreloj. Descansé 5 minutos, atendí mis redes sociales, y vuelta. Cuando regresé a casa me dolían hasta los dientes, de apretarlos por el esfuerzo. Por cierto, que después de dos años he averiguado que el puente sobre el Manzanares que une las plazas de Legazpi y Cádiz se llama ‘de la Princesa’. Muy apropiado.

Menuda bronca han tenido mientras acabo este post el viejo moribundo del piso de abajo y su paciente mujer. Ella le llamaba malo, él decía que a ver cuándo se va -será a la otra vida, porque para paseos y museos no está- y ella le contestaba que se tenía que haber ido hace tiempo. Un show, entre gritos y ayes, y no sé qué de un escapulario -por el respiradero del baño no llegan bien las voces, y la postura subido a una banqueta con la oreja pegada a la rejilla es tan incómoda que me ha dado un tirón en el cuello- Ya verás tú cómo al final casca ella antes de un disgusto que él…)

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