De lo que sirve un cigarro…

Lo que es la vida. Saliendo del supermercado, en la parada que hago para fumar, se me ha acercado un ‘pobre’, cerveza en mano y mochila a la espalda, a pedirme un cigarro. Después de dárselo, ha rebuscado en un bolsillo y me ha dicho que sólo tenía 40 céntimos para pagármelo. Por supuesto que no se los he cogido. Le he dicho que los cigarrillos se regalan, no se cobran. Después hemos estado charlando entre calada y calada. Me preguntó mi nombre, y de donde era, y me explicó que a su hijo, que está en camino, quiere llamarlo Víctor. Conocía Noja, Santoña, Laredo y Castro Urdiales, porque había vivido por allí hace años. Cuando acabamos de fumar, se empeñó en ayudarme con las bolsas de la compra, y se vino con ellas hasta el portal de mi casa.

El hombre me contó que ha estado en la carcel, aunque no me dijo cuándo ni por qué. Y que tiene una orden de alejamiento de su pareja, con la que vive y tiene una niña de 9 meses, y que está embarazada de ‘Víctor’. Le advertí que eso podía ser un problema para ambos, pero lo descartó después de poner a jueces y fiscales a caer de un burro. Con esa sencillez que tiene la gente que las pasa putas, se preguntó en voz alta por qué si ambos han dicho que se quieren, que se llevan bien, que ya no tienen broncas, la justicia se empeña en mantener la orden y no la anula. Se le veía culto, incluso me dijo que había trabajado en el Tribunal Supremo, por lo que explicaba de conserje o algo parecido. No se si será verdad o no, que eso es lo de menos. Lo importante es el aplomo con el que se expresaba, y sobre todo el sentimiento que ponía cuando me contaba su vida más inmediata. Después de despedirme y de darnos la mano, me deseó suerte y me aseguró que se quedaría fuera hasta que yo estuviera en el portal y la puerta se cerrara del todo. Así lo hizo.

Este mundo en que vivimos es muy cabrón y puñetero. Donde menos te lo esperas te encuentras a una persona con todo eso dentro que esperas de los cercanos. O de los lejanos, pero de esos que nos han enseñado que son normales y no llevan su hoy arrastrado entre la desgracia y la mala suerte. Este hombre también es normal, más que muchos que se lo creen a pies juntillas, aunque la sociedad le haya empujado a la calle, a la bebida y a luchar contra su pasado, y contra su presente. Seguro que el rato que pasó conmigo fue lo menos jodido que le tocó en el día. Y si mi cigarro y la conversación le sirvió para pisar tierra, pues bien gastado estuvieron ambos. A mí me colocó de frente una realidad que a diario sólo vemos de pasada a la salida del metro, entre los cartones de un cajero automático, o en un banco de cualquier parque, ante la que no paramos nunca porque vamos siempre cargados de prejuicios. Ojalá la próxima vez que este hombre pida un cigarro, quien se lo de también le brinde unos minutos de desahogo. No cuesta nada, y además se aprende que detrás de una cerveza, una mochila y el aspecto de vivir más en la calle que entre las paredes de una casa también hay personas.

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