Reconstrucción (y endodoncia 3)

Tengo la muela reconstruida. Después de la endodoncia era lo que tocaba. Me lo hicieron sin anestesia, porque la pieza ‘está muerta’ (aunque lleva cuatro días que duele que jode). Fue todo mucho más sencillo, y sin miedo (bueno, con este llegué a la clínica, pero se me pasó cuando me explicaron que no hacía falta dormir nada para hacerlo). Cuando el médico acabó le pregunté si en algún momento había tenido dudas sobre el tratamiento a aplicar. Le expliqué que otro odontólogo en otro centro había dado el molar por perdido, y me había recomendado extracción y un implante. El hombre se encogió de hombros, sonrió (o no, porque es de esos señores mayores inexpresivos que no sabes cómo llevan el día si no resoplan), y me dijo que así es que se gana más dinero. Razón no le falta. Diez veces más de razones exactamente, que es lo que separa el precio de lo que me han hecho con lo que pretendía hacerme en el otro sitio. Espero que las molestias que tengo no sean que me han hecho una chapuza, que solamente me faltaba eso. Aunque siendo como soy, me pongo ya en lo peor (inflamación severa, infección, necrosis de la mandíbula, pérdida de la lengua, imposibilidad de alimentarme, y el fin…).

Volviendo a casa he descubierto con horror que los vecinos del 8º han sustituido el árbol de navidad por una lámpara roja que se ve desde la parada del metro (a 200 metros del edificio). La luz le da al ventanal el viejo aspecto de los puticlubs de carretera. La gente es muy imaginativa a la hora de colocar en casa cosas a la vista de la gente que camina por las aceras. A mi vecino de puerta se le ven los cables de la televisión. Al de dos pisos más arriba, a la derecha, unas plantas grandes que bien sabe Dios que parecen de marihuana. Al de uno más abajo, a la izquierda, un sofá que siempre está abarrotado de ropa en pilas irregulares. Por cierto, que hay otro que se pasea delante de los cristales en pelotas cuando limpia el polvo, una visión de lo más perturbadora. Yo he intentado amaestrar a la gata para que se pase el día mirando hacia la calle, que resulta divertido y más original que todo lo que hay, pero la cabrona pasa de mi. Me hubiera gustado conseguirlo, eso y que de paso salude con una pata cuando se le queden mirando, que ya sería la risión en el barrio, y puede que hasta nos hicieran un reportaje para alguna cadena de televisión. El bicho no entiende la trascendencia que tendría su gesto, así que todo esfuerzo ha sido inútil.

Ya he conseguido que en la cafetería que regentan los chinos cerca de mi casa me pongan el café sin pedirlo. La única camarera que no es oriental (pero que es hispanoamericana) me ve entrar, me da los buenos días, y me pregunta si quiero un ‘café de los míos’. Lo llama así porque lo tomo corto de café y con leche fría. Una vez, en otro local, el camarero me dijo que no tenían leche fría, que la que usaban no la guardaban en la nevera. Primero le expliqué que cuando digo fría, me refiero a que no esté calentada hasta los 200 grados centígrados en el cacharro ese de vapor de las cafeteras. Lo segundo que hice fue reprimir un escalofrío (y una arcada) pensando en dónde conservarían la leche una vez abiertos los envases. En el ‘Familia feliz’ de los chinos tienen ‘El País’, y siempre lo encuentro disponible. La cafetería la frecuentan grupos de latinos que juegan a algo a las cartas que parece una mezcla entre el póker y la brisca. Por las mañana desayunan allí los trabajadores de los talleres de alrededor, y de los servicios de atención al mayor que tienen la sede en una nave justo al lado. O sea, es un entorno de lo más agradable para pasar desapercibido y leer tranquilamente junto a la ventana. Tanto que un par de veces he bajado en chándal. Por cierto, que hoy me puse el pantalón al revés y me di cuenta cuando ya había cerrado la puerta al ir a meter las llaves en el bolsillo. El ridículo hubiera sido épico.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: