Endodoncia (2)

Pues ya está la endodoncia hecha, y he sobrevivido. Bien sabe Dios que me podía haber dado un infarto en la sala de espera. Salí de casa con 150 pulsaciones, y llegué allí con 300. La recepcionista, después de echarme la bronca por no haberle avisado de que había llegado, me dio los papeles del consentimiento informado y de la información sobre la intervención para que los firmara. En blanco, sin datos del médico, y sin que en realidad nadie me hubiera contado nada de lo que me iban a hacer. Vamos, lo habitual. Me acerqué al mostrador, y cuando me iba a coger los formularios, los retiré de un tirón y le pregunté el nombre del doctor para escribirlo yo mismo. Tardó unas décimas de segundo en responder, supongo que las que necesitó para recomponerse de la sorpresa. Confieso que estas salidas de tono me relajan mucho cuando estoy nervioso. Claro que cuando vi que además de recepcionista era la ayudante de la médica, me cagué un poco por si la chulería tenía consecuencias.

Tampoco empecé bien con la médica. Empezó a trajinar con los sobres del instrumental, y con los chismes del torno, y a cliclear en el ordenador entre las radiografías y el primer informe. La puerta de la consulta estaba abierta, y yo me estaba poniendo más nervioso de lo que iba, que ya era difícil. El caso es que sacando fuerzas de flaqueza, le pregunté si la puerta iba a quedarse así mientras me hacían la endodoncia. No le vi la cara, que ya la llevaba tapada con la mascarilla, pero se le notó en el tono que la apreciación no le había gustado mucho, así que se me pasaron las ganas de pedirle explicaciones. Me limité a poner ojos de cordero degollado y consultarle cuándo duraba el asunto y si el pinchazo de la anestesia duele mucho.

Antes del pinchazo empecé a escurrirme de la silla del pánico. Cuando la odontóloga estaba metiendo la jeringuilla en la boca, pedí un minuto, hice unos ejercicios de respiración, me enjuagué y no salí corriendo porque no me sostenían las piernas. El caso es que tampoco dolió tanto, aunque no sé si por los nervios o por qué, tardó en hacer efecto y debieron reforzarla porque con los primeros compases del torno empecé a tener molestias. El asunto duró una hora. Una hora con la boca abierta, la succión debajo de la lengua, algodones en los laterales de la mandíbula, el látex de los guantes de la doctora provocándome arcadas, el ruido del torno, el rasca-rasca de las agujas de limpieza de los conductos de los nervios, la peste a lejía del desinfectante, las radiografías en las que tienes que aguantar tu una parte del aparato (por cierto, enfermera y doctora salieron corriendo al hacerme la primera como si fuera a estallar una bomba nuclear), las discusiones de ellas dos por los turnos de trabajo ( y por una prueba de estómago que le tienen que hacer a la asistenta-recepcionista), algo de la silla que se me estaba clavando en la nuca, la sudoración del miedo que no me paraba, y todo además sin poder hablar (esto, para cualquiera que me conozca, sabe que es una verdadera cruz para mí).

Cuando acabó, la propia doctora se jaleó con el resultado, me dijo que arriba, que ya estaba, me dio la mano, y me mandó a la salita de espera para la cita de la reconstrucción. Mientras estaba apoyado en el mostrador de la entrada, babeando por la parte dormida de la boca y tratando de averiguar si no sentía la lengua porque estaba anestesiada o porque la había perdido con el trajín de tornos y taladros, la doctora se acercó con sigilo y me regaló un kit de higiene bucal ‘para el neceser’. O sea, que lo que empezó mal por una puerta sin cerrar terminó en obsequio y en tuteo (al principio me trataba de usted: póngase así, abra la boca, no se mueva, póngase asá…). Después de pagar, y con mi visita para la reconstrucción programada para dos días después, me pude fumar un cigarro. Y empezar la cuenta atrás para que lengua y labio dejaran de parecer dos trozos de corcho adosados a la cara (tres horas después recuperé la sensibilidad). La endodoncia había concluido sin que me desmayara ni me tuvieran que abofetear como hacen en las películas con la gente que tiene un ataque de histeria.

Al final no fue tan terrible, aunque al llegar a casa me tuviera que duchar y echar toda la ropa a lavar de lo que había sudado durante el trago. La doctor fue profesional, la enfermera prudente, y yo un valiente que no se puso a llorar ni perdió la consciencia tumbado en esa silla de tortura recubierta de plástico y rodeada de brazos de los que penden tubos que acaban en taladros. Me quedé con las ganas, por cierto, de que me explicaran para qué sirve exactamente esa lamparita que da una luz azul y que posan en el diente después de colocar las masillas de empaste. Es bien chula.

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