Una taza de té

Un joven estudiante de filosofía acudió al gran maestro Badwin y le dijo ‘maestro, he aprendido muchas cosas, que han llenado mi espíritu, de los mejores gurús e iluminados del mundo. Ahora me toca hacerlo de ti, para así alcanzar la sabiduría completa’. El maestro Badwin se mostró de acuerdo, pero antes le invitó a tomar un té.

Badwin dispuso dos tazas sobre la mesa, y comenzó a servir el té en la del discípulo, sin parar, hasta que la taza rebosó y el líquido se escapó hasta el plato, y de ahí a la mesa, y de la mesa al suelo. El joven llamó la atención de su maestro: ‘maestro, pare de verter té, que la taza ya está llena y se rebosa’. Badwin dejó de echar te en la taza, y le dijo a su discípulo ‘esto has aprendido hoy: hasta que no seas capaz de vaciar tu taza de té, no podrás llenarla de nuevo’.

“Hay que vaciarse para poder llenarse. Esta es mi vida. Tengo que deshacerme del contenido de la taza para poder llenarla otra vez. Mi vida se enriquece cada vez que yo lleno la taza, pero también se enriquece cada vez que la vacío… porque cada vez que yo vacío mi taza estoy abriendo la posibilidad de llenarla de nuevo” (Jorge Bucay, ‘El camino de las lágrimas’).

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