Huellas

Martín había tenido una buena vida. Le iba bien, se cuidaba, se procuraba lo mejor para sí mismo, siempre evitando hacer mal a los demás. Cuando la inteligencia le había fallado para andar su camino, se había dejado llevar por la intuición. Pero le dolían las envidias, y sobre todo que le acusaran de egoísta, de estar demasiado ocupado de sí y poco del resto. Un día pensó que quizá era hora de dejarlo todo atrás, repartir lo logrado entre los demás, e iniciar otra vida en otro lugar donde pudiera actuar de otra manera, sirviendo, siendo útil.

Antes de partir, subió a lo alto de la colina junto a su pueblo a echar un ultimo vistazo. A lo lejos se veía el entramado de edificios del lugar en el que había vivido. Un viejo le prestó un catalejo, y Martín comenzó a buscar su barrio, y su casa. De pronto, un punto dorado en el patio de la escuela donde estudió de niño llamó su atención. Qué raro, le dijo al viejo, ese punto dorado, allí en el patio del colegio. El viejo le respondió que aquello era una huella. ‘¿Una huella?’, preguntó Martín. ‘Sí’, contestó el viejo. ‘¿Recuerdas aquel día al entrar a la clase que te encontraste a Javier llorando porque había perdido su lápiz nuevo, y tu cogiste el tuyo, también nuevo, te acercaste a la cancela, lo partiste en dos, afilaste la punta de la mitad cortada, y se lo diste?. Javier nunca olvidó ese gesto, y el recuerdo de aquello se volvió importante en su vida. Hay acciones en la vida de uno que dejan huella en la vida de los demás, que les ayudan a crecer y que se convierten en huellas doradas‘.

Al cabo de un rato, Martín siguió encontrando huellas por allá donde mirara: cuando se peleó por un amigo, cuando ayudó a otro a encontrar trabajo, cuando reunió dinero para ayudar en la operación del amigo de otro, cuando quiso estar en el entierro de otro más que murió prematuramente.

Cuando Martín dejó de mirar por el catalejo, toda su ciudad brillaba repleta de huellas doradas, y entonces sintió que podía regresar a su casa y comenzar una vida desde un lugar distinto de su pensamiento.

(Jorge Bucay, ‘El camino de las lágrimas’. Cuento)

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