Conduciendo

Me relaja mucho conducir. Bueno, no se si es eso en realidad, o hacer el cabrón al volante. El otro día, camino de Santander, en la carretera de Burgos hasta Aguilar de Campoo, un viejo en su cochazo, de esos que ya sólo pueden impresionar a las señoras con los caballos del motor y el brillo metalizado de la pintura, se tiró diez minutos dando por el saco con el intermitente, supongo que avisándome de que iba adelantarme, pero a más de 300 metros detrás de mi y sin empezar la maniobra. Y justo cuando menos espacio había en el arcén para apartarme (la carretera es de un solo carril por dirección) y encima venía un camión de frente, acelera y empieza a acercarse. Sonreí por el espejo, agarré el volante con las dos manos, comprobé que llevaba metida quinta, pisé el acelerador, y salí disparado para que no me cogiera. Puede que le librara de un ostión, o que me salvara yo de acabar en un sembrado si la cosa se hubiera puesto justa. El caso es que no pudo pasar, y desde ese momento le llevé por la calle de la amargura más de 40 kilómetros hasta el enlace con la autovía, separándome de él cada vez que se acercaba. En la autovía ya se puso chulo, y me pasó como un avión, que al fin y al cabo él llevaba un BMW y yo tengo un modesto Citroën. Miró por la ventanilla y me pareció que farfullaba algo, a lo mejor acordándose de mi madre. Yo también le deseé buen viaje, y le saludé con la mano, agradecido por el buen rato que me había hecho pasar (en ningún momento corrimos peligro ninguno de los dos, que yo quiero llegar a viejo como él y conducir un buen coche como el suyo, aunque mi motivación no vaya a ser ligarme señoritas con el automóvil porque no me quede pelo y esté tan gordo que no me la vea…).

‘Hola, qué tal’ es el mantra de las redes de contactos. Eso, y el envío de fotos de partes de la anatomía que, además de no pedir, sólo están bien en dos de cada cien que se las hace, y probablemente ni siquiera sean suyas. Vender carne es tan fácil, y tan burdo y zafio… A mi ni se me pasa por la cabeza, yo que me quito la camiseta con la luz apagada por si me ven los que esperan el autobús en la parada de enfrente de mi casa. Me da pudor hasta que me mire la gata cuando salgo de la ducha. Las aplicaciones que gestionan las redes han arreglado la desvergüenza con el botón de bloqueo. Pulsas, y el nudista desaparece tan rápido como llegó, y quiso llegar. Te evitas más de un espectáculo. Reconozco que cuando me ha pasado, los ataques de risa han sido muchos. En realidad, en vez de bloquear a los remitentes debería haberles invitado a café por el momentazo que me han brindado. Y escribir a sus familias y a sus amigos para comentarles la jugada. O publicar las fotos en la web de sus empresas, en el apartado de perfiles. A lo mejor ganaban clientes, aunque no fuese más que por la osadía.

Hace unos días me escribió un correo una chica llamada Sveta. Me mandaba una foto, con ropa, pero con un sugerente vestido rosado con encajes blancos. Decía que es una mujer ‘joven, bella y ambiciosa’. Esto último, seguro. Se le veía la ambición en los ojos, y en la pirueta que hacía con una pierna en el retrato. Se despedía con un ‘dulce, suave beso’. De traca. Como me pilló con el estado de ánimo un poco bajo (el duelo, ya se sabe) estuve en un tris de contestarla y preguntarle por sus padres y por sus hermanos. Hubiera sido divertido. Podía haber aprovechado para enviarle alguna de las fotos que me mandan por las redes, para que también los que estén detrás del timo se hubieran reído un rato.

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