Ay, la navidad…

Mis vecinos del séptimo han colocado en la balconada de su estudio un árbol de Navidad, de esos verdes con espumillón dorado y bolas plateadas. Lo que viene a ser un kit completo que se compra en una tienda de los chinos, vamos. Cada vez que salgo a fumar a la ventana me amargo entero al verlo. Y me pregunto cómo han hecho para ponerlo allí sin que les estorbe, porque los pisos son realmente pequeños. No tienen niños (no caben tantos en 25 metros cuadrados), así que seguro que son una pareja recién emparejada que necesita reforzar su vínculo afectivo con estas cosas tan estimulantes. En el portal de al lado, también en los pisos altos, he visto otro, pero este con luces rojas que parpadean, más sofisticado. Esos vecinos o están en el camino de la ruptura y el jodido árbol es la panacea emocional para evitarlo, o van a traerse al abuelo a pasar las fiestas con ellos y quieren crear ambiente (a ver dónde lo meten). No me gusta nada de nada la Navidad. Hay que ser feliz y estar contento por cojones, y comer como un cerdo porque si no tu madre se cree que estás enfermo. Y están todas esas amistades ‘de toda la vida’ que te dan abrazos y te desean lo mejor para el año nuevo, como si hubieran estado ahí para echar una mano cuando rodabas cuesta abajo sin freno. Arggggg, qué asco… (Nota. Este pensamiento no tiene nada que ver con mi estado de ánimo, que por cierto es muchísimo mejor que hace dos semanas. Es que yo soy así de triste y amargado de natural).

Me he aficionado a hacerme autorretratos que luego cuelgo en un red social llamada ‘Instagram’. Nunca me han gustado las fotos (ver nota anterior) porque salgo fatal, pero la ventaja que me da el móvil de hacerme treinta hasta dar con una chula me ha animado a esta suerte de autocomplacencia. Un difuminado aquí y un filtro allá también ayudan mucho. Lo que es superior todavía a mis fuerzas es salir sonriendo. No consigo que no se me ponga una mueca como si me hubiera sentado mal el café del desayuno. Mis fans, que alguno tengo, me piden que sonría, pero me es imposible. Bastante que muestro los ojos, que suelo esconder detrás de las gafas de sol. He ensayado delante del espejo, en casa, pero nada, no puedo. En realidad tampoco es que sea una cosa que me lleve por la calle de la amargura. Total, no tengo intención ninguna de hacer anuncios para los carteles de las paradas de autobús, ni de salir en ninguna serie televisiva. El que quiera verme sonreír tendrá que esperar. Mis más sinceras disculpas.

He descubierto dónde se escondió la gata el otro día, el del susto. La cabrona de ella trepa en el armario de la ropa y se mete bien metida al fondo, detrás de las camisas. Anoche volvió a hacerlo, pero cometió el error de ponerse a ronronear, así que la pillé de inmediato. Esta vez no la reñí ni nada. Me limité a insultarla, que es como hacerlo con los plátanos que tengo en la encimera. Pasó de mi. Me he dado cuenta de que cuando la cojo en brazos y la paseo por la casa (como no tengo hijos, tengo que hacerlo con el gato, pero no estoy loco ¿eh?) se asusta, gime, agacha las orejas y se aferra a mi cuello maullando. Y a mi se me desarma el corazón, y le hablo con voz queda para tranquilizarla, que no consigo hasta que no la suelto y sale por patas. Quien me ha visto y quien me ve, a mi que nunca me gustaron los animales. Será que me hago mayor…

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