Sustos

Ayer, la gata me dio un susto de muerte. De repente dejé de verla en el sitio en el que suele tumbarse. Empecé a buscarla por toda la casa (un estudio diáfano de 25 metros cuadrados) y no daba con ella. Me subió la tensión y el corazón se me salía por la boca. Pasé 10 minutos de infarto cerebral. Lo revolví todo, hasta miré en la nevera y en la lavadora (quién sabe, es un gato). No aparecía por ningún sitio. Era imposible que se hubiera escapado a la calle, pero me se me ha metido en la cabeza que como animal curioso que es, puede haber dado con algún resquicio para trepar al falso techo, quedarse atrapada y morirse. Una paranoia, vamos. Justo después de mover el sofá, salió de debajo de la cama (juro que cuando miré ahí no estaba), se estiró, dijo ‘aurrrggg’ abriendo la boca, y de un salto se tumbó en su sillón. Le metí una bronca monumental (los gritos debieron escucharse en la calle), y luego, me dio la congoja, la cogí, me la enrosqué al cuello y me tiré llorando cinco minutos. Es lo que tiene ser un sentimental y haberle cogido cariño al pobre bicho, que además me hace mucha compañía.

La otra noche también tuve mi rato de terror. Cruzaba un parque con poca luz, todo concentrado en mi Twitter (y en mi Facebook, y en mi Whatsapp, y en mi Line,…), y de repente se me echaron encima lo que parecían dos ratas un poco más grandes de lo habitual, con algo rojo que les lucía en el pescuezo. Me quedé en el sitio cagado del miedo. Los animales llegaron a mi altura, emitieron dos ladridos agudos, y a una voz de su amo, se volvieron por donde habían venido. ¡Eran dos mierdas de perros de esos enanos, de color pardusco, que dan tanto repelús! Y lo rojo eran dos lamparitas que se ha puesto tan de moda colgar en el collar de los chuchos para que sus dueños los tengan controlados por la noche cuando les sacan a hacer sus cosas, y a dar sustos. Como si con las linternas a los animales no les fuera a dar por salir corriendo y acabar debajo de las ruedas de un autobús. Por supuesto que el señor de los perros no se disculpó. Sentí tanto no estar entrenado para reaccionar cuando pasan estas cosas, y haber podio estrangular a los bichos y al que los paseaba con sendos palos…

Llevo cuatro noches viendo unos documentales en la tele en los que tratan de la teoría de los ‘alienígenas ancestrales’. Si no fuera porque sale hablando gente que parece cuerda y normal, diría que los han rodado como un experimento de psiquiatría. Para cada cosa rara que ha pasado en la historia tienen una sola explicación: una civilización antigua muy tecnificada ha sido la responsable. El hombre es tonto por naturaleza y ha necesitado de unos seres luminosos que han venido de no sé dónde en no sé qué chisme subidos, y que son los que nos han estado sacando las castañas del fuego. Básicamente, vamos. Me fascina, ya lo tengo dicho, la capacidad de los americanos del norte de creerse tanta sandez junta. Qué país más grande…

(Nota. No tengo por costumbre dedicar mis publicaciones, pero con esta voy a hacer una doble excepción. Va por dos, que además se llaman igual. Por José Manuel, que me telefonea cada día a las 9 como un clavo para saber cómo he pasado el día, por ocuparse de mí y no dejarme caer, como siempre ha hecho, por cierto. Y por José Manuel, porque con sus conversaciones también diarias, y sin conocerme, ha sabido hacerme llegar su cariño más sincero. Uno desde Santander, el otro desde Sevilla. Gracias de corazón a los dos. Os debo una).

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