Se acabó…

La vida es muy gamberra, y muy cabrona. La mía, ayer, se me rompió en pedazos. Se me escurrieron entre los dedos dos años de inmensa felicidad. Quien me los ha dado, cerró la puerta de nuestro tiempo.

Los porqués son lo de menos. Igual que unos corazones se vacían de ilusiones y de esperanzas, otros deben aceptar que eso es la razón última de la partida. Estoy desgarrado por el dolor y por la pena, y no encuentro consuelo. Hoy no.

No tengo la fortaleza que quien me conoce poco cree que tengo. Soy persona de certezas y espacios firmes. Y mi mundo, cuando escribo esto, es un inmenso páramo de mañanas sin definir, y de oscuridades y monstruos que no me dejan hacer pie. Con las pocas palabras que hicieron falta para decir adiós, se me fue una parte del alma.

Tampoco son momentos de reproches. Ni hay nada por qué hacerlos. Los sentimientos son un mundo complejo que no admite más interpretaciones que las que cada uno pueda hacer, serenamente, de los suyos. Y cada uno tiene los suyos, tan ciertos y honestos como los del resto.

Aún sabiendo que no debiera, siento que he fracasado. Que no he sido capaz de mantener aquello que hizo que dos personas decidiéramos conocernos e iniciar un camino juntos. Que no me he esforzado lo suficiente por ser lo que se esperaba que fuera. Que no he sabido eliminar para ganar, ni reforzar para crecer. Esta sensación de culpa es algo que también ahora deberé ser capaz de superar.

Me esperan días de mucha tristeza. Ya se que no debo aferrarme a ella, ni al pasado. Hoy las páginas de mi vida están en blanco, y no encuentro fuerzas para empezar a llenarlas de nuevo con color. He querido tanto, quiero tanto, que no se dónde buscar el ánimo para seguir.

Los mañanas son esencias por descubrir. Y dicen que nosotros las construimos. Ojalá mis mañanas, mañana mismo, puedan tener la luz que ayer se me apagó tan de repente…

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