Diagnóstico

 
Pues nada, que no soy alérgico a nada de nada. Las pruebas han dado negativo, incluidas las “prick-prick” de tomate y gambas, que es untarte con un espátula en el brazo de ambas cosas al natural, taparlo con un trozo de celofán, y esperar a ver qué pasa. El tomate estaba tal cual en la mesa de pruebas, y la gamba envuelta en un trozo de papel de plata. El diagnóstico ha sido urticaria recidiva idiopática, o sea, que me salen ronchas como sartenes de grandes, pero no se sabe por qué. El médico me explicó que así estamos el 80% de los “urticarios“, y que lo importante no es saber qué lo provoca sino qué hacer cuando se produce un ataque. Que es tomar antihistamínicos en casos leves (y rascarse), y corticoides en los graves (y rascarse). Y rezar para que ninguna de las dos venga con un colapso respiratorio. Siempre llevo en el bolsillo de las monedas (donde si metes monedas, no las sacas) una pastilla para el dolor de cabeza. Ahora tengo que llevar otras dos (y un rosario). Debería mirar en una tienda “de los chinos” si tienen pastilleros de viaje sencillos que no molesten mucho encima (el rosario lo tengo de cuando visité Roma).
 
 
Por cierto, qué ordenado y qué curioso estaba todo en el hospital donde me hice las pruebas, uno universitario de gestión privada. La consulta del médico parecía el despacho de un notario, pero sin el olor a rancio. Mesa de madera oscura, libros añejos en las estanterías, y litografías en las paredes colgadas en marcos, y no sujetas con esparadrapo como en mi centro de salud. Por los pasillos se pasean señoras de cierta edad con un brazalete que pone ‘voluntario’, y que ayudan a las personas que no se apañan bien. Y los turnos los avisan varias pantallas distribuidas por las salas de espera, no quedando al albur de la bronca entre los que llegan tarde y los que se presentan dos horas antes de su cita. Disciplina prusiana, vamos. Las puertas giratorias de la entrada, que funcionan, le dan un aire antiguo muy elegante. Nada que ver con el sitio al que he ido otras veces a hacerme pruebas, en Orcasitas, puro extrarradio entre Usera y la Avenida de los Poblados (la sociología del lugar hace honor al nombre). Todavía me cago de miedo cuando recuerdo que en la sala de rayos donde me hicieron una urografía que duró hora y media, el carro de paradas lo usaban de mueble auxiliar para el material porque según me explicaron, no funcionaba y así aprovechaban mejor el espacio. El aparato se bloqueó dos veces antes de terminar la prueba, y hacía un frío que pelaba. Como para haber necesitado algo de urgencia estaban. El especialista me recomendó una revisión al año, pero en semejante contexto no me di por aludido, y no he vuelto. Bebo mucha agua embotellada, en la esperanza de que no me pegue otro cólico y tenga que volver por allí.
 
(Cuando escribo esto, estoy a 12 horas de pasar una nueva revisión en el servicio de melanoma de mi hospital de referencia. Llevo dos semanas mirándome cada lunar y cada pliegue de piel, y anotando en un papel lo que me parece raro. Que no sé para qué lo hago, porque luego llevo a la consulta, me agobio y no digo nada. Seguro que me dicen que va todo bien, que la cicatriz está estupenda, y que hasta dentro de seis meses. Pero hasta que no salga no soltaré el aire de los pulmones ni se me pasará el dolor de tripa. Prometo dejar escrito qué me dicen).

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