Paranormalidades

Los lunes son días terribles en el time line de mi tuiter (podría decir en el muro, pero queda más fino en inglés, como relaxing cup…). Dan en la tele un cutre-programa de esos de culto, que todos los que lo ven se sienten en la obligación de comentar al minuto. Me tienen frito. Hay una especie de carrera mixta entre ser el más original y el más hiriente con los desgraciados que se han prestado a hacer el ridículo delante de las cámaras. Vaya por delante que de lo suyo gastan, los unos y los otros (aunque estos ganan dinero por hacer el parrús, y aquellos sólo tiran de conexión a internet). Yo también soy muy de poner lo primero que se me viene a la cabeza cuando veo, por ejemplo, a Iker Jiménez en ‘Cuarto Milenio‘. Eso sí que es un programón como Dios manda, lleno de enigmas. El primero, el de cómo es posible que el tipo este sea capaz de hacer de cualquier chonada un misterio de los que ponen los pelos de punta. El otro día tocaba uno de una sábana con un par de mensajes secretos. Allí la tenía, en una especie de bastidor. A la luz de la fluorescencia se veían los textos, que por supuesto eran inexplicables, todo un arcano. Unos números y unas letras que ‘parece que dicen…’, y que fueron escritos mientras la dueña de la sábana dormía tapada con ella. Un show de verdad, con el hijo de la señora, psicólogo para más inri, entre los expertos que no eran capaces de entender cómo, ni por qué. Si yo fuera el ministro Wert, obligaría a que se viera este programa en las escuelas. Eso sí que sería explicar España, con sus fantasmas, sus espectros y sus psicofonías, y no la tontería de la Historia.

Es cierto que los programas de los americanos sobre cosas raras son mejores. Hay de cazafantasmas, de psicólogos psíquicos, de buscadores del sasquatch y del cerdo gigante, de cazadores de monstruos marinos… Todos con muchos aparatos y tecnología punta (en realidad son cámaras y magnetófonos de los de toda la vida, con un par de cables más y unas antenas agarradas con cinta americana, pero muy aparentes). El otro día estuve viendo un reportaje de unos chicos que buscaban una especie nueva, medio perro medio lobo. Una señora había cazado un ejemplar, y lo había mandado disecar. El bicho daba bastante grima, y parecía más un perro con sarna que otra cosa, pero ahí estaban los muchachos recorriendo kilómetros de campo y metiendo las manos en todas las madrigueras que se encontraban por el camino. La vieja terminó haciendo un alegato sobre la extinción de la raza humana y el fin del mundo. Si no fuera porque parecía que estaba borracha, hasta yo me hubiera creído el cuento.

En Estados Unidos se lo creen todo, y saben divertirse con los entretenimientos más absurdos. Aquí, a nosotros, quitando a Iker Jiménez, nos quedan como cosas sin sentido los concursos de poligoneros buscando pareja entre ellos o conviviendo encerrados en una casa, o los debates de famosillos gritándose y amenzándose con querellas. Bueno, también tenemos a la imbécil de Mariló Montero, que es un verdadero fenómeno de la naturaleza. Sus disgresiones intelectuales se parecen más a las de la vieja del perro sin pelo de los USA que a las de una periodista prudente. Ahí sigue, diga las barbaridades que diga. Eso si que es inexplicable. Quizá ‘Cuarto Milenio’ debería dedicarle un programa completo, con psicólogos, psiquiatras, mediums y exorcistas, y ella disecada en una urna de metacrilato. Daría para mucho. Para empezar, para sacarla de la tele pública, que para nada se prestigia con las sandeces que se le ocurren, y que producen vergüenza ajena.

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