Apartamentos de verano

Los complejos de apartamentos de vacaciones son todos iguales. Y si tienen piscina se parecen aún más. Toallas de clubes de fútbol colgadas de los balcones, chancletas desparejadas en cada esquina, trajes de baño de hace dos temporadas secando, balones de propaganda flotando en el agua, señoras repasadas de kilos embadurnadas de cremas, adolescentes saltando haciendo ‘la bomba’ y niños que gritan dando el coñazo corriendo de un lado a otro y salpicando. Las familias se tienen mucha empatía unas con otras, y comparten el pan de los almuerzos, la merienda de los críos, y largas charlas por la noche sobre lo divino y lo humano alrededor de unas copas de vino. Durante los quince días del verano, claro, que luego ‘si te he visto, no me acuerdo’.

Las comidas se hacen en las terrazas, a la vista. Filetes empanados, huevos cocidos con atún y mayonesa, ensaladilla rusa con aceitunas sin hueso, bebidas gaseosas, mesas y sillas de plástico, y manteles de hule. La privacidad queda para los cuartos de baño y los dormitorios, aunque los cuerpos ya se hayan visto, a la luz de los rayos del sol, tirados en tumbonas que dan dolor de cuello y de riñones, repartidas al borde de la piscina. La colectividad disipa la vergüenza, y afianza la creencia de que en verano, y con la estética, todo vale. Y cuanto más hortera e imposible, mucho mejor. La ordinariez se perdona, y la competencia está en tener el hijo que más molesta, el marido que antes se coge una cogorza o la esposa que más apretada va con su biquini. Son la grandeza de las vacaciones fuera de casa.

También las construcciones siguen el mismo patrón. Acabados baratos ensamblados con prisa, pinturas blancas, piedras irregulares simulando casualidad, celosías de madera ajada por el calor, baldosas que parecen estar siempre sucias, jardines terreros llenos de calvas en el césped, y palmeras, muchas palmeras da igual el lugar. Si el entono no aparenta el de un oasis africano, no gusta porque no ayuda a tener la sensación idílica del estío. La profusión de adornos desérticos colabora mucho en el disfrute, ahonda el sentido de las vacaciones, sosiega y diferencia. Nadie quiere volver a casa y tratar de ganar a vecinos y amigos explicando que paso 15 días a 1.500 euros de alquiler en un bloque de cemento y ladrillo ‘cara-vista’.

(Una niña que lleva camino de ser su madre dentro de unos años ha hecho intención de dispararme con un artilugio de esos que lanzan agua. Por lo rápido que se ha ido al otro extremo de la piscina, seguro que me ha leído los labios: ‘como me mojes, te comes la pistola’).

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: