Manolo Blahnik en ’businessclass’

He coincidido en mi vuelo a La Palma con Manolo Blahnik, el señor que diseña zapatos que valen un pastón, y que se pone la gente famosa para que sigan valiendo un pastón. Esa rutina que tienen los famosos de seguirse las tendencias de la moda los unos a los otros (o sea, la envidia) es la que engorda la cuenta corriente de gente como Blahnik, y su ego. Se le nota que es diseñador, y que es rico. Lleva las iniciales bordadas en dorado en la maleta de mano, señal de que maneja dinero, y un cierto aire desaliñado y un bolso grande para guardar el ’Herald Tribune’, que es lo que le proporciona el aire de moderno. Se ha pasado el tiempo leyendo un libro, y no ha probado más que unos frutos secos y una infusión. También esto es muy de gente bien, un cierto desapego por las cosas mundanas cuando se viaja en ´businessclass’ (yo no he rechazado nada, y me he puesto como ’el quico’). Ni siquiera ha cruzado palabra con la vieja ricachona sentada a su lado, que llevaba una asistenta que iba en turista 15 filas más atrás.

Viendo a este hombre ahí sentado, con un traje de lino que seguro que cuesta lo que no vale mi maleta entera, me pregunto si gente como Manolo Blahnik deja de ser Manolo Blahnik en algún momento (era eso, o darle vueltas a cómo tirar en marcha a dos niños que iban dando por el saco justo detrás de mi). Excepto las azafatas que esperan a la puerta cuando montas (por los saltos que han dado) no creo que nadie más en el avión le haya reconocido, pero él no ha perdido en ningún momento ese porte de misterio y de venir de otro mundo que tienen los que son alguien en algún sitio. Por varias veces he estado tentado de pedirle una foto conmigo (y unos zapatos para mi madre), que es lo que tenemos los que no somos nadie y luego queremos fardar de haber coincidido con un famoso, así como creyendo que eso nos da alguna importancia. Por no querer molestarlo en su mismidad, y porque antes me muero de la vergüenza, no he hecho ni una cosa ni la otra (mi madre se hubiera puesto muy contenta con sus ’manolos’ aunque le hicieran daño o fuesen un espanto, que tampoco sería raro).

El caso es que ahí iba Manolo Blahnik, con su pelo blanco, sus retro-gafas de pasta, sus zapatos de caballero inglés, y un manojo de nervios al emprender viaje y al aterrizar de lo más corriente y vulgar. No pude reprimirme, y terminé contándole a la señora de mi izquierda quién era, como quien desvela los códigos de lanzamiento de un cohete. La mujer saltó del asiento a compartirlo con su hija y su marido, y se tiró el resto del vuelo mirándolo como quien ha visto una aparición mariana. Ese es el efecto que mantiene a todos los Blahnik del mundo a 30 centímetros del suelo, y que les condena a estar atados a sí mismos de por vida. Aunque con ello sumen en la cuenta de resultados de sus negocios. Cuantas más señoras se queden pasmadas mirando a Manolo Blahnik, más dígitos podrán llevar las etiquetas del precio de sus zapatos. Y entonces más famosas de medio pelo y de pelo entero querrán llevarlos. Y entonces Manolo Blahnik será más Manolo Blahnik. Y entonces, vuelta a empezar…

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