Entre cagadas y el metro

Me tienen los pájaros hasta las narices. Los de aquí, por el tamaño de sus excrementos sobre mi coche, tienen que ser bien grandes. Y cabrones, porque cuando aparco en casa, donde no hay árboles, toda su mierda es para mí. La que dejan caer en el capó, en el techo o en las lunas, comprendo que sea ahí donde acabe, pero la de las manillas de las puertas me tiene perplejo. Voy a terminar pensando que se posan en ellas adrede para joderme. Sólo a mi, porque lo coches de alrededor no suelo verlos tan cagados. No hay fin de semana que no tenga que pasar por la gasolinera a pegarle al coche 3 euros de chorros de agua a presión (barato porque no le pongo el programa 4 de lavado, que dice la máquina que encera la chapa aunque en realidad lo que hace es enfangarla con algo pegajoso que cuando se seca la deja blanquecina). Además son sibilinos, porque no se dejan ver. Por el jardín de la piscina, cuando no hay nadie, se pasean unos de color negro, pequeños, que dan mucho repelús, pero esos no pueden ser a no ser que la relación tamaño del pájaro-tamaño de su mierda sea inversamente proporcional.

Todas las semanas mando al CM de Metro-Madrid por tuiter unos cuantos pares de fotos de las escaleras mecánicas que están averiadas en las estaciones por las que paso. Suelen contestarme. Que están en ello, que la reparación está acabando, que no les consta la avería. Las escaleras les fallan mucho. Lo que no se estropea nunca es la caducidad del bono ni el momento de renovarlo, a 54 euros el mensual más habitual. Últimamente hacen muchos controles de billetes. Dos o tres empleados se agazapan a traición a la vuelta de las esquinas para multar a los que se cuelan. Les acompaña un guardia de seguridad, de esos que no se encuentran por los vagones evitando los robos de carteras, o llamando la atención a los niñatos que nos regalan a todos, sin pedirlo, la mierda de la música de sus móviles. También se ve cada vez más gente en apuros pidiendo. Cada línea tiene los suyos, muy variopintos, y muy innovadores. En la línea 6 suelo coincidir con un matrimonio joven que vende llaveros de mosquetón y linternas pequeñas para leer. Y el otro día, un hombre sudamericano mostraba lo último para actuaciones musicales: una maleta troller en la que había integrado todo lo necesario. Tan sólo se veía el cable conector del reproductor de música, porque hasta el micrófono era inalámbrico. Un crack el tío, que si ya hubiera cantando bien entraría en la categoría de genio. Aunque casi mejor así, porque lo mismo los de Metro, de cantar bien, lo pondrían como excusa para justificar el atraco de los precios de los billetes…

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: