El libro de Carmen Lomana

El jueves estuve en la presentación del segundo libro de Carmen Lomana (“El glamour inteligente“, editorial Espasa, 17,90€). Se lo montaron en una tienda moderna de ropa, de esas con pocas prendas a la vista, mesas de madera rústica, armarios antiguos y flores de adorno que no se encuentran en una floristería de barrio. Cuando esperábamos dentro a que llegara la Lomana, apareció por la puerta Norma Duval. Está estupenda, igualita que cuando yo tenía 20 años. Bueno, tal vez un poco más hinchada, pero sigue siendo una mujer de bandera. Posó con media sonrisa al verme sacando fotos con el móvil. La gente de la farándula es así de natural y de espontánea.

También se dejó caer por allí Cuqui Fierro, que llegó en un Mercedes y acompañada de David Meca. Confieso que tuve que buscar en Google quién es esta mujer. Me sonaba el apellido, pero no la ubicaba. Por lo visto tiene relación con la alta sociedad madrileña, y es asidua de la prensa del corazón y de los saraos de la gente bien capitalina. Se mueve con dificultad, porque debe de ser mayor, pero tiene muy buena pinta, con su pelo corto dorado y su colorido vestido. El nadador no se separó de ella ni un momento. Por cierto, que le sentaba el traje como si hubiera nacido con él puesto. Tiene la piel de la cara un poco más estirada de lo normal, y es bajito, pero elegante y con buena planta. Se marcharon pronto, antes de que acabara el evento. Fierro no aguantaba el calor.

Fue aparecer la Lomana y torcerse los morros de las mujeres presentes por la envidia. Llevaba una falda que parecía hecha con un ‘fardo de papas’ (eso dice Silvia), y una blusa estampada con una rueda y figuras de colores en azules, rojos y dorados. No dejó de sonreír en ningún momento, aunque oí decir en susurros que esa mueca es la que se te queda después de un tratamiento de estética. En España, la maledicencia es deporte nacional, y en los eventos de las celebrities hay mucha medalla de oro. Aunque supongo que a Carmen Lomana le importan un pito los cuchicheos. Cuando se puede estar por encima de todo, y ella puede de sobra, es lo que pasa, que allá penas. Se hizo fotos, saludó a sus fans, y presentó el libro en un batiburrillo de intervención a medias con la otra estrella del acto, el cachondo de Mario Vaquerizo.

Lo que me pasó con Vaquerizo fue alucinante. Estaba hablando con alguien cuando de repente se me queda mirando, pide disculpas por no habernos dicho nada, lanza sus manos hacia las mías, me las coge y al tiempo me da dos besos y me pregunta que qué tal estoy. Le respondo que bien, qué cómo está él, me contesta que también bien, me agarra del brazo y mientras me va llevando a la barra de las bebidas me pregunta si creo que podrá tomarse una cerveza. Le digo que creo que sólo se reparten cócteles, y me dice que no, que si se toma un cóctel se pone malo y luego no puede hacer la presentación. De pronto alguien le llama para hacerse unas fotos, me suelta, se disculpa, se va, y allí me dejó en estado de shock. Me tuvo que confundir con alguien, porque yo no me lo explico, aunque estoy encantado de la vida.

Nos fuimos cuando acabó el acto, después de probar un poco de jamón y queso servido en bandejas de pizarra que se vaciaban a una velocidad de vértigo, entre codazos y carreras detrás de los camareros. En estos eventos la gente debe de ir sin comer. La fila de los cócteles tampoco bajaba nunca de siete u ocho personas, así que no los probamos. Nosotros somo pobres, pero con mucha dignidad.

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