Cosas que pasan…

El metro de Madrid es un microcosmos ideal para cuando te aburres. Depende de la línea, claro, pero todas tienen su público. Hoy, en la circular, la seis, iba una china-japonesa haciéndose las uñas. Cuando montamos estaba en la fase ‘retirada de la pintura anterior con acetona’. Que los vapores sean irrespirables no parecía importarle. Una vez, una chica a mi lado iba más adelantada, y se estaba dando ya el esmalte. Con el traqueteo del tren, el bote, irremediablemente, se fue al suelo, poniéndolo todo perdido. Después de comprobar que mi zapatilla estaba intacta (no sé qué le hubiera hecho si me la llega a manchar), me agaché, y se lo recogí. Se pasó tres paradas sobando el suelo con unos pañuelitos de papel. En los hombres es muy frecuente lo del manejo sin recato del cortauñas, sobre todo entre la gente de cierta edad. Todo de lo más normal, vamos, y de lo más higiénico, por supuesto. Se me ha ocurrido que para los que llevamos barba, deberían instalar en los vagones espejos y enchufes para las maquinillas, de forma que nos la pudiéramos ir arreglando mientras nos deplazamos. Total…

Ayer estuve en Segovía. Tres grados al sol, un frio de muerte. Sólo estuve desencogido el rato que pasamos en un restaurante de comida rápida (en este caso, esto es un eufemismo, porque para cuando trajeron la comanda ya se me había pasado el estómago). En la catedral hubo que acoquinar tres euros para entrar. La Iglesia sí que sabe con esto de las visitas a los templos importantes (en la catedral de Santander no cobran porque salvo la tumba de Menéndez Pelayo no tiene mucho más reseñable). Lo cierto es que tampoco había mucha gente viendo la iglesia. Me crucé con un par de matrimonios que habían soltado a los hijos para que corrieran por allí como si aquello fuera un patio de colegio o la plaza mayor. Llamé la atención a unos que jugaban al escondite entre capillas. Me acerqué con las manos a la espalda, puse cara de estreñido y les dije que allí no se jugaba a nada, que era un templo. Y funcionó. La niña se puso roja y dijo que vale, y el niño se agarró a una verja y ni se meneó hasta que desaparecí camino del claustro. La catedral de Segovia no tiene tienda de recuerdos. Y es raro, porque en la mayoría de ellas en las que he estado, a la salida, suele haber un par de mesas, atendidas por unas amables viejecitas, cubiertas de imágenes de santos, escapularios, rosarios y velas (la catedral de Santander tampoco tiene de esto).

BHIOVHQCQAAL8T0Esto de la foto es el martillo para romper la ventana de emergencia con el que me topé en un autobús camino de mi casa la otra noche. Amarrado con una brida (en España todo se arregla con una brida. Primero fue el esparadrapo, luego la cinta aislante, después la cinta americana, y ahora las bridas) y sujeto con un cable que no creo que dejara llegar el martillo hasta el cristal. Desde luego, que en caso de accidente se mueve todo el autobús menos el martillo. Estas chapuzas son muy nuestras, como lamentarnos cuando pasa una desgracia haciéndonos cruces y echando la culpa al maestro armero…

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