Mensaje de Año Nuevo

Buenos días a todos.

En el comienzo de un Nuevo Año, quiero compartir con vosotros algunas reflexiones y pensamientos sobre las cosas que, en estos tiempos difíciles, a todos nos preocupan.

La zozobra de la crisis económica está golpeando con extrema virulencia a familias, empresas e instituciones. A fuer de ser sinceros, en realidad solamente a las familias, porque los dueños de las empresas ya procuran salvar el tipo y sus beneficios personales, y las instituciones están plagadas de sinvergüenzas, también especialistas en ponerse a salvo ellos y sus réditos. En 2.012, los empresarios han visto ampliadas las excusas para despedir trabajadores, los bancos quebrados por sus malos gestores han sido rescatados con miles de millones de euros salidos de los bolsillos de todos, y los que dirigen las instituciones se han vuelto a hacer los suecos a la hora de aplicarse los sacrificios que piden a los demás.

El paro ha crecido hasta cifras sonrojantes. La lacra del desempleo azota a cientos de miles de familias que se las ven y se las desean para llegar a fin de mes, cuando conseguirlo no les resulta, directamente, imposible. Cada vez en más hogares españoles se subsiste gracias a la caridad y a las pagas estiradas de los abuelos, los mismos a los que, por cierto, los que gobiernan han vuelto a engañar con una subida de las pensiones que no les compensa, ni por asomo, el encarecimiento de los coste de la vida. En el nuevo año, por cada nuevo parado, por cada nueva familia sin recursos por culpa de la gestión de los que están y de los que estuvieron, se debe caer la cara de vergüenza a un responsable político. Incluso a todos al mismo tiempo, porque es su manifiesta incapacidad para entender la realidad en la que sí que vivimos los que les mantenemos, la que está dejando en la cuneta ilusiones, esperanzas y vidas.

Una de las consecuencias más dramática de la crisis está siendo la de los desahucios. Miles de propietarios, que en realidad nunca lo fueron aunque trajeados directores de sucursal bancaria les hicieran creer que sí, están quedándose sin techo al no poder hacer frente a sus hipotecas. El instinto carroñero de la banca, que nunca pierde aunque sus balances negativos sean tan grandes como los presupuestos de muchos pequeños estados, empuja cada día al abismo de perderlo todo a los mismos a los que embaucó para que les pidieran préstamos de cifras imposibles en los tiempos en los que los billetes de 500 euros crecían en los árboles. En 2.013 debe haber justicia para ambos. Para aquellos sobre los que pende la espada de Damocles de un desahucio, la de medidas legales que les garantice acabar con la deuda al perder su piso, pero también una vivienda en la que poder seguir haciendo su vida. Y para los dueños de los bancos, la de una contestación social y política a su miserable forma de entender el momento en que vivimos de una magnitud tal que no puedan ni salir de sus casas.

La economía es, desde luego, la esencia del orden y de la supervivencia social. La familia también, pero entendida siempre con justicia e igualdad, sin los torpes y sectarios reparos que instituciones como la Iglesia Católica le pone cuando no es ella la que regula su configuración. El matrimonio igualitario para las personas del mismo sexo ha sido un triunfo social y legal que sotanas, mitras y birretes deben respetar sin miramientos. Como deben hacer con la estricta aconfesionalidad del Estado que fija, sin lugar a dudas, nuestra Constitución. Quien quiera educar a sus hijos en los dogmas de la fe que lo haga, porque está en su derecho, pero que asuma el coste de su bolsillo. Quien quiera vivir la fe y alegrarse en el mensaje de Cristo, que también lo haga, pero sin interferir en lo público ni pretender ocuparlo. 2.013 será un buen año si por fin la jerarquía purpurada se da por enterada de que su papel protagonista en la vida pública española y su influencia decisiva en los gobernantes acabó con la muerte del General Franco y con la consolidación de la democracia.

La clase política, un año más, no ha sabido estar a la altura de las necesidades de nuestra sociedad. Lejos de sentir la acuciante realidad ciudadana como propia, los dirigentes de los partidos y sus miembros en las instituciones siguen siendo incapaces, absortos como están en sus mundos de privilegios y prebendas, de mirar más allá de sus ombligos y cumplir con su obligación de satisfacer las demandas de aquellos a quienes representan, a los menosprecian desde la soberbia de creerse el centro del universo y a quienes han hurtado miserablemente cualquier ejercicio de soberanía. El sistema político hace aguas porque su base, los políticos, se han convertido en un problema. La movilización cívica de los españoles demostrada en la calle a lo largo de todo 2.012 debe mantener su pulso y su constancia en el Nuevo Año. Solamente así será posible que la clase dirigente, en todas sus vertientes ideológicas, entienda que cada vez representa con menos legitimidad moral a quienes con su voto les han puesto donde están. La ciudadanía debe recuperar su voz autónoma y su inalienable derecho a opinar y a ser consultada, cautivo ahora de apoltronados irresponsables que han convertido la altanería de pensarse imprescindibles en la definición de la verdad en una seña de identidad de su trabajo.

2.013 debe ser el año de la recuperación. De la ilusión, de la esperanza y de la confianza. También de nuestro destino, que sólo podremos alcanzar si somos nosotros mismos quienes marcamos el ritmo y su ruta. A quienes hasta ahora se lo tenemos confiado han fallado estrepitosamente en garantizarnos un futuro digno. Nuestra fortaleza como sociedad está muy por encima de los fútiles entretenimientos con los que nos distraen los que no atesoran más patrimonio que el engaño para mantenerse donde no merecen estar porque nunca estuvieron capacitados para ello. Los demás, que somos la mayoría, saldremos adelante a su pesar.

Que 2.013 os sea propicio, pero solamente a los que de verdad sois buena gente. Al resto, que todos sabemos quiénes son y a qué se dedican, ojalá el Nuevo Año no les traiga más que desgracias.

Felicidades, y buenos días.

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