Tres de tres

Hace como tres semanas, un cabrón me robó el móvil en una cafetería. Me avisó un señor mayor, porque yo al chorizo ni lo vi entrar, ni acercarse, ni marcharse. Hice todo lo que hay que hacer después: bloqueé la línea, bloqueé el IMEI, borré su contenido a distancia con una opción de Apple, y me compré otro. No pude enviar un avión no tripulado con una bomba a la guarida del hi**p**a y hacerlo saltar por los aires. Los nuevos IPhone deberían llevar un explosivo junto a la batería para estos casos. Lo que no hice fue poner denuncia, que tal y como están las cosas en el país, lo mismo me cobran por ponerla, y luego me multan por tonto y haberme dejado ventilar el teléfono. Ahora, cuando me acerco al centro, no lo saco del bolsillo ni cuando suena.

La ‘propiedad’ nos va a rebajar a los inquilinos el 5% del alquiler que le pagamos por vivir en sus estudios. A alguno de mis vecinos (todos somos arrandatarios, el edificio pertenece a una inmobiliaria) se le ocurrió que pagábamos mucho, y montó una reunión clandestina con los de más confianza (a mi no me llamaron, pero casi que mejor, que así no tengo que socializar con ellos) donde redactaron un mail lastimero (y un poco amenazante) con la crisis, la reducción de ingresos, y el aumento de los gastos como excusa para pedir una rebaja. Yo envié el mío (nos dejaron copia en el buzón en papel. Dejé pasar unos días para que no me dieran a mí por chiflado el primero), y me respondieron que ‘verde las han segado’. Pero hete aquí que este fin de semana nos han comunicado que sí, que a partir de enero nos vamos a ahorrar entre 25 y 30 euros. Ha sido una sorpresa. Como lo ha sido que por fin, después de más de un mes, los señores de mantenimiento hayan procedido a sustituir una bombilla fundida de mi pasillo, justo la que queda delante de mi puerta. O que el técnico de la lavadora se presentara a mirar por qué perdía agua (la hi**p**a no la soltó el día que la probó) en vaqueros, camisa, y con unos alicates y un destornillador por toda herramienta (de linterna usó una aplicación del móvil)

El viernes me hacen una “urografía intravenosa” para saber qué coño les pasa a mis riñones y por qué me han dado 4 cólicos en tres meses (con el último creía que me moría, en Benidorm, además, que es un sitio horrible donde en los mupis anuncian carritos eléctricos para los viejos). Tengo que tomar no sé qué medicinas para que el contraste que inyectan no me provoque una alergia, me de un telele y me quede tonto. La lista de los previos ocupa un folio por las dos caras, y debo firmar un consentimiento informado. Si dijera que no estoy cagado de miedo, pues mentiría. Mi médico (que va a ser profesor asociado en la facultad de Medicina de Cantabria porque es un cracko) me dijo cuando le pregunté que es una prueba normal sin riesgos. Claro, que él no ha visto las instalaciones, ni cómo me dieron los sobres que debo tomar unas horas antes, ni la cara del radiólogo, ni las fotocopias con las instrucciones. En fin, que ya he dejado de beber cosas con gas, y me pondré a dieta el miércoles. Y dejaré todo bien recogido por si acaso…

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