Una de loros

De la que subía para casa ayer, he caminado un trecho a la par de dos señoras entradas en años (y en carnes, pero eso sólo es relevante para sus maridos si los conservan) que se han tirado más de cinco minutos hablando de si coger o no coger un autobús. Me maravilla que algo así de a alguien para cascar tanto tiempo. Que si cojo ’el seis’, que si me vale el ’cinco’, que si para allí, que si no para allá, que si me queda medio bonobús. Y total, para al final seguir andando.

Por la mañana me pasó algo parecido en Valdecilla. Yo esperaba a que me sacaran sangre para unos análisis, y las dos viejas (a estás se les notaba mucho, la verdad) se enciscaron en una conversación sobre si se veían siempre allí (ellas iban a algo llamado ’hemodinámica’ creo), que si fíjate, que si lo importante es seguir yendo, que si ay que mala he estado, que si yo he estado peor. Me cambié de sitio porque el que se estaba poniendo malo era yo. Si a la espera, la aglomeración y el calor, encima le sumas las desgracias de los que te rodean, o pones remedio huyendo al fondo, donde las plantas y oculto entre ellas, o te acabas chinando. Cuando salí de allí, todavía seguían ellas dale que te pego con sus penas.

Reconozco que yo soy un cascante, pero vamos, procuro no dar mucho la murga a los de al lado. También es verdad que no es lo mismo enredarse en un bucle lengüetero con un amigo por la calle que en pegar la chapa en la sala de espera del médico. Yo sí que me iba a percatar de que alguien se cambia de sitio, y la depresión iba a ser de aúpa.

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