Harto de triperos y canallas

Yo, con perdón, estoy hasta las tetas que no tengo de lo que nos pasa en este país. Un diario nacional tenia hoy cargada una galería de fotos con las caras de circunstancia de los diputados mientras el presidente anunciaba el nuevo rejonazo a las economías domésticas. Con el culo pegado a las sillas de piel del Congreso es fácil mostrarse compungido y arrugar el morro. O aplaudir las intervenciones de los que salen al púlpito a pontificar que dándonos por el saco vamos a superar la crisis. Seguro que después del pleno muchos han ido a gastarse las dietas que les pagamos entre todos en opíparas comilonas que les permitan mantener el estomago de tripero caliente y agradecido.

A partir de mañana todo serán declaraciones a favor y en contra del sacrificio que se nos pide a los ciudadanos, mientras el suyo brilla por su ausencia. Y esta noche dormirán tan campantes, sin tener conciencia de que en realidad nos sobran tanto como nosotros les sobramos a ellos en el juego este de supuesta democracia en el que dicen representarnos, y al que juegan sin tener valor de enterarse de cómo estamos por su culpa.

Deberíamos pedir en masa la baja como ciudadanos. O mejor aún, echar a gorrazos a esta pandilla de canallas que nos están haciendo la vida imposible. No tienen vergüenza, y encima les pagamos, y bien, por no tenerla. Los partidos políticos, sus mandamases, los palanganeros de los mandamases, y los soplapollas que ocupan cargos institucionales por ser expertos en hacer la pelota, nos llevan a la ruina, y se ríen de nosotros. No deberíamos resignarnos porque solo les servimos como excusa para seguir viviendo de puta madre mientras nos aprietan tanto que ya no nos queda apenas aire.

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