Carta abierta a Citroën

Estimados señores de Citroën:

Son ustedes unos sinvergüenzas. Por supuesto, con permiso de sus trabajadores, y sin referirme a ellos.

Llevo desde diciembre del año pasado a vueltas con una pieza de mi C4 que duró funcionando justo un año y un mes, y de cuya garantía se han hecho ustedes los locos desde entonces. Mal que les pese, me deben más de 300 euros por un defecto que es de su exclusiva responsabilidad.

Las grandes empresas como la suya no tienen ningún respeto por los clientes. Su personal suele ser amable y profesional, pero cuando vienen mal dadas, la marca opta por imponer su santa voluntad, pasándose por salva sea la parte los derechos de los consumidores. Ustedes, y sólo ustedes, ganan siempre, aunque sea con trampas y riéndose del pobre desgraciado al que se le ocurrió comprarles. Eso han hecho conmigo: hacerse los suecos con el defecto de su pieza, contarme una milonga china sobre consumidores finales y talleres ajenos a su red, y tangarme trescientos y pico euros. Sin antifaz y a plena luz del día, como hacen los chorizos con mucha cara y poco miedo.

A decir verdad, tampoco la culpa es del todo suya. Si se han acanallado como lo están es porque la administración les ha dejado siempre hacer y deshacer a su antojo a la hora de asumir culpas e indemnizar al perjudicado. Cuesta más poner una queja de consumo y que alguien investigue que sacarse una American Express. También es culpa nuestra porque nos quejamos poco, y cuando lo hacemos, a la primera mentira que nos cuelan damos por buena la estafa y callamos. Así les damos razones para crecer en ese macarrismo de polígono con el que se pasean por el mundo.

Mi abogado sigue pidiendo favores para ver si entran en razón y me reintegran lo que es mío. Y aunque me tenga que gastar lo que recupere y otro tanto en invitarle a comer, les aseguro que no pienso parar, ni en exigir ni en denunciarles públicamente cuanto sea necesario. No estoy dispuesto a que unos vulgares mafiosos que se creen por encima de todo, hasta de la ley, se rían de mi. Por supuesto, no vuelvo a comprarme un Citroën, ni a recomendar a nadie que lo haga, ni borracho. Seguramente todo esto les importará poco, pero a mi sirve porque ya saben, arrieros somos.

Reciban un cordial saludo de un cliente insatisfecho y estafado.

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