Cambio de piso

Hace dos meses me cambié de piso. Exactamente al de encima, del 7º al 8º. Una oportunidad justo cuando mis caseros me habían dicho que vendían (me preguntaron si lo quería, y yo les dije que no, que no quiero propiedades a medias con ningún banco que vayan a heredar mis hermanos cuando las espiche apenas un par de años después de haber terminado de pagar la hipoteca. Me dió un ataque de risa además cuando supe lo que pedían). Y una desgracia, porque aquí sigo rodeado de un plantel de vecinos de lo más selecto y agradable. Me he acercado más a la mujer del nicho, que ahora tengo encima, y me he librado del vecino cabr**n de al lado, porque el piso está en venta “y lo que te rondaré morena”, que la dueña ha debido confundir la calle con la de Serrano de Madrid, y el piso de 70 metros cuadrados con un chalé en El Viso.

Cambiar la dirección en todas partes ha sido un tarea sencilla de más de un mes. En tráfico hay que hacer dos trámites, uno por la licencia de conducción y otro por la titularidad del coche. En papel que calca, y a bolígrafo, como toda la vida. Como justificante de la nueva dirección yo llevaba un volante de empadronamiento sacado por internet con mi certificado digital. El funcionario que me atendió me pedía el original porque decía que aquel no podía ser, que le faltaba una rúbrica y el sello de caucho entintado en azul. “Bendita administración electrónica”, pensé, mientras trataba de convencerle de que sí, que aquello valía aunque no llevara ni lacres, ni cintas de colores, ni sellos, ni timbres ni pólizas pegadas con la lengua. El pobre no había visto nunca ninguno (desde la web del ayuntamiento de Santander se pueden sacar hace ni sé cuánto).

La traca vino en la renovación de DNI. El cachondo del programa no reconoce un cambio de piso en el mismo número de calle como cambio de domicilio sino como algo así como un “ajuste”. Para salvar el sinsentido y engañar al sistema (nunca mejor dicho), y de paso no tener que pagar veintitantos euros, ha habido que colocar una “c” delante del nombre de la calle, redundando en lo de calle. Me pregunto yo si en el Ministerio del Interior alguien ha tenido una charla con el programador, que a todas luces o vive en el país de tiendas de campaña o de los chaletes unifamiliares, o lleva demasiado tiempo metido en su cuarto enfricándose con esto de la informática. Aunque lo que me temo es que a nadie le ha dado por revisar estas cosas, que no tiene por qué ser tan raras como para no tenerse en cuenta.

En el banco, las tarjetas de crédito, las de fidelización, el seguro del coche y del piso, el contrato del teléfono, todo fue más fácil. Me bastó con una llamada de teléfono. Para que luego digan que el ministro Sebastián, que es el que lleva en España lo cosa de las nuevas tecnologías, no sigue pensando en la administración como cuando los caballeros llevaban sombrero, bastón, y se movían en coche de caballos.

(PS. No hay prevista fiesta de inauguración por el nuevo hogar, que la gente mancha mucho, lo toquetea todo, y luego me toca recoger y ordenar a mí. Y este post está dedicado a Josuco, un seguidor fiel que es además quien me abronca si no renuevo el blog).

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