Diario de Florencia (I)

He estado en Florencia cinco días. Me he puesto hasta las patas de un dulce típico siciliano que se llama “canoli”, que es así como una galleta enroscada rellena de una crema hecha con queso que sabe a canela y aderezada con dos trozos de peladura de naranja confitada. Si lo compraba en los aledaños del hotel, cerca de la estación de ferrocarril, el “canoli” costaba dos con cincuenta. En los alrededores de la Plaza de la Señoría o del Ponte Vecchio, subía hasta los cuatro. Está visto que en las zonas nobles de las ciudades turísticas hasta los postres cotizan al alza.

He pasado el calor que no está en los escritos. En los museos no, porque podías hacerte el loco como contemplando en éxtasis algún cuadro cerca de los aparatos de aire acondicionado (en los más humildes, ventilador de aspas de los de toda la vida) hasta que la camiseta estaba seca. Pero en las iglesias, atestadas de grupos de japoneses y alemanes en silencio, y de españoles llamándose a voces y gritando que “esto es precioso”, y en la calle no había hijo madre que aguantara. El peor día fue el de la subida a lo alto del Duomo, entre la estrechez de los pasillos, el calor que desprendían las piedras y el esfuerzo por trepar los quinientos escalones (o más). He bebido mucha agua, que me ha servido además para compensar el exceso de calorías del “canoli”.

Vayas donde vayas de viaje, a los españoles se les reconoce por las voces que pegan en todas partes. Hablan alto, y se llaman a gritos para enseñarse las cosas más inverosímiles, esas que a las que ni los guías más coñazo prestan atención. Un grupo de españoles en una catedral o en un museo es la máxima garantía de un tumulto. Ahora, que para los vendedores callejeros de quincalla son también un momio. En cuanto más de cinco rodean un puesto, la venta de llaveros, muñequitos y platos de loza “recuerdo de donde sea” está asegurada por docenas. Es la regla de la compensación: traerse para España tanta chatarra dorada y de casco como inquietud han causado con su algarabía.

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