Menudo vecindario (IV)

El que lleva las cuentas también es para darle de comer a parte. No es el jefe de escalera, que para eso ya se elige uno por turno y que siempre es de los más viejos porque no dan problemas. A este lo renuevan todos los años, y ya debía estar por aquí dando por el saco cuando el edificio era todavía un solar. Como es joven, tiene familia y un trabajo normalizado, nunca entendí que quisiera ese papelón, que es más propio de jubilados ociosos y con estreñimiento crónico, pero con el tiempo he comprendido que le pega. Lo ejerce como si fuera al mismo tiempo gobernador civil y ministro de Marina (o sea, metiendo miedo con chorradas y poniéndose de perfil cuando vienen mal dadas).

En enero descubrió que el recibo de la luz había subido, así que colocó un cartel con varias medidas para alcanzar la eficiencia energética, con dos que eran la traca: llamar sólo a un ascensor aunque haya que esperar un poco más; y si se sube o se baja andando, usar la luz únicamente si no queda más remedio (que es siempre, porque la escalera da a un patio interior cerrado en los cuatro costados por los propios pisos y excepto en la parte más alta, a partir del octavo aquello tiene la misma iluminación que el desierto del Gobi a las tres de la mañana). Yo, por supuesto, sigo llamando a los dos ascensores y encendiendo las bombillas de la escalera. Dios no me adornó ni con el don de paciencia ni con la vista de los búhos.

Ahora que a esto lo superó lo de la colilla. Alguien tiraba colillas encendidas por una ventana del patio. Dos vecinos sufrieron daños en la ropa y en el plástico que cubre los tendales, y se quejaron (Yo lo entiendo. A mi el tendal este moderno con cobertor me costó 230 € y si me lo queman mato). Y el de las cuentas amenazó con una de Gila: con llevar a la policía una colilla recuperada para que la analizaran y a través del ADN localizar al roparicida/tendericida (todavía se me caen unos lagrimones como puños, de la risa, cuando me acuerdo). La humorada funcionó, en cualquier caso, y no volvieron a caer colillas al patio (lo que da una idea de la amplitud intelectual del vecindario).

Anda metido también en los asuntos del garaje, y creo que fue uno de los instigadores de la cabezonería de reponer el pavimento con eslurri. Poder usar el coche las tres semanas del asunto me costó 82 euros de guardar el coche en otro garaje porque por en el nuestro no se podía circular. Cada vez que veo un trozo de suelo levantado me froto las manos y me meo de la risa.

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