Menudo vecindario (III)

En el noveno vive “la católica”. Le coloqué el mote después de que me atacara un día en el portal y me contara que se iba a misa (no recuerdo la hora, pero si me llamó tanto la atención como para colgarle el sanbenito es porque el momento era intempestivo hasta para ir a misa). La mujer tiene muchos enemigos en el edificio, así que también de ella dicen que está chiflada. Cuentan que una vez después de una reunión quiso pegar al jefe de escalera por algo que no tenía nada que ver con lo que se había tratado. Lo que viene a ser un pronto loco que le dió de repente. Tuvieron que sujetarla.

“La católica” me abordó en la calle un sábado cuando yo salía a desayunar (no serían más de las once, y ella ya volvía, supongo que de misa), y me pidió ayuda: había perdido los ‘papeles’ de la tumba en la que está enterrado su padre, y quería ver si algún conocido mío del ayuntamiento podía conseguirle unas copias. Ella había estado ya en el cementerio y le habían dicho que no podían darle duplicados porque el nicho estaba a nombre de otra persona y no al suyo. Vamos, una preocupación de lo más normal para un día cualquiera, y que me pregunté por qué yo no tenía.

Como no sé decir que no cuando me piden un favor (estoy aprendiendo, así que lo mejor es abstenerse de hacer la prueba), se lo miré. Eso y lo que cuestan los nichos en sus diferentes alturas en los panteones, que estaba la mujer pensando en comprarse uno para dejarse de problemas con el de su padre, y que también me dijo.

Es la consulta más grimosa y truculenta que he tenido que hacer nunca, la verdad. Pero gracias a ella sé lo que cuesta un nicho o un columbario. Va por alturas, da igual que estén más cerca del mar o al lado de los viales. Diferente es el coste de un panteón, que conlleva tasas de obras, compra de parcelas y otras fruslerías. Entre casi dos mil euros la mejor altura, y poco más de mil el de pie de calle. Lo apunté todo en un papel, y se lo dejé en el buzón, que me daba menos yuyu (en casa me santigüé tres veces, por si acaso, y me lavé las manos otras tres, no sé bien por qué. La grima es lo que tiene).

Hace poco me volvió a parar al entrar a casa. También había perdido mi papel, justo cuando ya se había decidido a comprar última morada (lo quiere dejar todo arreglado cuanto antes, que dice que nunca se sabe). Le saqué de nuevo el papel que recuperé del correo electrónico, y al buzón también otra vez (esta, además de todo lo anterior, me acordé de un par de sus parientes). Todo esto del nicho me recordó al mal rollo que nos daba en casa de mis padres cuando todos los eneros llegaba por correo la actualización de la póliza de decesos (lo de los muertos, que también se conoce como la propicia). Venía con un folleto que decía justo al principio que en caso de muerte se tiene derecho a una “fina arca de madera barnizada, modelos A, B o C”. También hablaba del coche fúnebre, la corona, las esquelas y de los “50 recordatorios”. Cuanta dentera…

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